Filosofía feminista del lenguaje

Jennifer Saul y Esa Díaz-León

2020


La filosofía feminista del lenguaje ha evolucionado rápidamente en muy poco tiempo. Al principio, la mayor parte de la discusión era de carácter crítico y buscaba lograr cambios tanto en la filosofía del lenguaje como en el lenguaje mismo. En años recientes, sin embargo, la dinámica ha cambiado con el surgimiento de grandes proyectos de investigación de carácter propositivo dentro de la filosofía del lenguaje. En el presente artículo, empezaremos discutiendo las críticas que constituyen la primera fase de la producción de corte feminista en filosofía del lenguaje. Luego, pasaremos a discutir los programas de investigación de carácter más propositivo que han salido a la luz recientemente. Cabe señalar que este artículo se enfocará primordialmente en la tradición analítica. Para una discusión sobre las aproximaciones continentales, véanse las entradas sobre aproximaciones feministas a la intersección entre filosofía analítica y continental y sobre aproximaciones feministas a la intersección entre el pragmatismo y la filosofía continental.

 

Índice

1. Críticas hacia el lenguaje y la filosofía del lenguaje
1.1. Falsa neutralidad de género
1.2. La invisibilidad de las mujeres
1.3. La masculinidad (6) como norma
1.4. Marcamiento de sexo (8)
1.5. Codificación de una visión del mundo masculina
1.6. Esfuerzos de reforma: logros y limitaciones
1.7. La masculinidad del lenguaje
1.8. La metáfora
1.9. Filosofía del lenguaje
2. Programas de investigación propositivos en filosofía del lenguaje
2.1. Feminismo y teoría de actos de habla
2.2. Sobre el significado de ‘mujer’
2.3. Proyectos mitigantes e ingeniería conceptual
2.4. Injusticia hermenéutica
2.5. Genéricos

 

1. Críticas hacia el lenguaje y la filosofía del lenguaje

1.1. Falsa neutralidad de género

Las feministas han mostrado bastante preocupación con relación a la idea de que términos en inglés como ‘he’ [él] o ‘man’ [hombre] puedan ser usados sin connotaciones de género (1). Suele afirmarse que tales términos tienen significados que son específicos a un género, como en (1) y (2), y significados que son neutrales con respecto al género, como en (3) y (4)  – (2):

  1. He drank the wine.

[Él tomó el vino.]

  1. A man went into a bar. 

[Un hombre entró a un bar.]

  1. When a student comes into the room, he should pick up a handout.

[Cuando un estudiante entra al salón, debe coger una separata.]

  1. Man is a primate.

[El hombre es un primate.]

Las feministas, sin embargo, han señalado que ni siquiera los significados supuestamente neutrales lo son realmente. Janice Moulton (1981a) y Adele Mercier (1995) nos brindan ejemplos en los que, pese a que se intenta emplear un significado neutral, este parece no estar disponible. En virtud de ello, las oraciones parecen mal construidas:

  1. Man has two sexes; some men are female.

[El hombre tiene dos sexos; algunos hombres son de sexo femenino]

  1. Man breastfeeds his young.

[El hombre amamanta a su prole.]

Así, es un error clasificatorio afirmar que ‘man’ y ‘he’ son términos neutrales con respecto al género. Para evitar dicho error, tenemos que reflexionar más cuidadosamente sobre los significados de estos términos. Tal vez el significado de ‘he’ que ha sido llamado “neutral” no es realmente neutral, sino que la situación es mucho más compleja. Mercier sugiere, por ejemplo, que el uso “neutral” de ‘man’ se refiere o bien a (a) una persona o personas de sexo desconocido o bien a (b) personas de sexo masculino o una combinación de personas de sexo masculino y femenino(3). Esto explica por qué ‘men’ [hombres] en (5) y ‘man’ en (6) son anómalos: dichos términos están siendo usados para referirse exclusivamente a personas que sabemos que son de sexo femenino.

 

Así, el significado supuestamente “neutral” de estos términos no es realmente neutral. Sin embargo, esto por sí mismo no muestra que haya un problema con aquellos usos que han sido tradicionalmente clasificados como neutrales, como aquellos en (3) y (4). Después de todo, descubrir que se ha clasificado incorrectamente un adjetivo como un adverbio no muestra que haya nada incorrecto en los usos de dicha expresión. Necesitamos más argumentos para estar en posición de cuestionar estos usos.

 

1.2. La invisibilidad de las mujeres

Las preocupaciones feministas, sin embargo, no son únicamente clasificatorias. Los feministas también han sostenido que términos como ‘he’ y ‘man’ contribuyen a hacer invisibles a las mujeres. Es decir, a opacar la importancia de las mujeres y desviar la atención de su existencia. Luchar contra la invisibilidad de las mujeres es un proyecto feminista importante en diversas áreas (4) y un lenguaje que hace menos probable que uno piense en las mujeres claramente contribuye con dicha invisibilidad. Existe buena evidencia psicolingüística de que quienes se encuentran con oraciones que, como (3) y (4), usan los términos ‘he’ y ‘man’ piensan más fácilmente en personas de sexo masculino que en personas de sexo femenino (5). Si esto es correcto, entonces podemos afirmar que el uso de estas palabras contribuye a la invisibilidad de las mujeres. Esto les da a los feministas buenas razones para cuestionar el uso “neutral” de estos términos.

 

1.3. La masculinidad (6) como norma

Si las feministas estuviesen únicamente preocupadas por que la presencia de las mujeres sea opacada, les sería difícil cuestionar otros términos que suelen cuestionar: términos ocupacionales específicos a un género como ‘manageress’ (todavía común en el Reino Unido, más no en Estados Unidos) o ‘lady doctor’ (7). Ciertamente, estos términos no contribuyen a la invisibilidad de las mujeres. Por el contrario, parecen llamar la atención sobre ellas. Más aún, parecen llamar la atención sobre la presencia de las mujeres en posiciones de autoridad (profesional de la medicina y gerente). Sin embargo, la mayoría de las feministas que piensan sobre el lenguaje consideran estos términos cuestionables.

 

La razón más clara para cuestionar el uso de ‘manageress’ y ‘lady doctor’ es que el uso de dichos términos parece basarse en la idea de que la masculinidad es la norma y que las mujeres que ocupan dichos puestos son versiones de alguna manera desviadas de los doctores y los gerentes. Esta es también una objeción clave contra el uso de ‘he’ y ‘man’. Moulton (1981a) busca entender estos términos a través de una analogía con los nombres de marcas, como ‘post-it’ o ‘cinta Scotch’, los cuales se convierten en términos genéricos usados para referirse a cierto tipo de producto (notas autoadhesivas y cinta adhesiva, respectivamente). El mensaje de estos términos, sugiere Moulton, es que la marca en cuestión es la mejor, o al menos la que constituye la norma. De acuerdo con ella, términos como ‘he’ y ‘man’ funcionan de la misma manera: son términos específicos al género de los hombres cuyo uso se ha extendido para cubrir tanto a hombres como a mujeres. Moulton sostiene que esto transmite el mensaje de que la masculinidad es la norma. En virtud de ello, usar estos términos como si fuesen neutrales constituye una suerte de insulto simbólico a las mujeres. Laurence Horn y Steven R. Kleinedler (2000) han cuestionado algunos detalles en esta propuesta y han señalado que ‘man’ no surgió como un término específico a un género cuyo significado se extendió luego para cubrir tanto a hombres como a mujeres. Por el contrario, ‘man’ proviene de ‘mann’, un término neutral que adquirió posteriormente un significado específico a un género. Por lo tanto, la secuencia temporal no respalda la afirmación de que un término específico ha sido extendido para ser aplicado a ambos géneros. Sin embargo, Horn y Kleinedler coinciden en que usar términos como ‘he’ y ‘man’ como si fueran neutrales perpetúa la cuestionable idea de que los hombres son la norma de la humanidad.

 

1.4. Marcamiento de sexo (8)

El inglés, tal como muchos otros lenguajes, emplea en gran medida aquello que Marilyn Frye llama ‘marcamiento de sexo’ (Frye 1983). Por ejemplo, uno no puede usar pronombres para referirse a individuos específicos sin saber su sexo (9). Frye nota lo absurdo de esto. 

Si estoy escribiendo un comentario sobre un libro, el uso de pronombres personales para referirme a quien lo escribió crea la necesidad de saber si es que las células reproductivas de dicha persona son del tipo que produce óvulos o del tipo que produce espermatozoides (Frye 1983: 22).

Usar pronombres personales en singular, sostiene Frye, es imposible si no se conoce el sexo de la persona de la que uno está hablando. Ello pese a que en muchos casos dicha información es totalmente irrelevante. Frye cree que esto es una instancia de la tendencia general de volver al sexo relevante cuando este no tendría por qué serlo, lo cual ella considera uno de los rasgos claves del sexismo. Además, sugiere, la necesidad constante de conocer e indicar el sexo ayuda a perpetuar la idea de que el sexo es un asunto tremendamente importante en todas las áreas. Para Frye, esto es un factor clave para la perpetuación de la dominación masculina. En tanto esta requiere la creencia de que los hombres y las mujeres son relevantemente distintos entre sí, cualquier cosa que contribuya a dar la impresión de que las diferencias sexuales son importantes contribuye a este tipo de dominación.

 

1.5. Codificación de una visión del mundo masculina

La idea de que algunos términos codifican una visión del mundo masculina resulta, al principio, desconcertante. Algo que dicha afirmación sugiere es que los significados de ciertos términos dividen el mundo de una manera que resulta más natural para los hombres que para las mujeres. Buenos ejemplos de este fenómeno son expresiones como ‘foreplay’ [juego previo] y ‘sex’ [sexo]. Generalmente, se asume que ‘sex’ designa un acto que se define en términos del orgasmo masculino, mientras que a las actividades sexuales durante las cuales muchas mujeres tienen orgasmos se les otorga un estatus secundario, el cual designamos con expresiones como ‘foreplay’. Entonces, resulta plausible afirmar que estos términos están basados en una perspectiva masculina del sexo. (Debemos notar que esta afirmación sobre la “perspectiva masculina” no tiene que apoyarse en la (implausible) idea de que tal perspectiva es compartida por todos los hombres. Más bien, puede apoyarse en afirmaciones sobre lo que es típico de los hombres o en la idea de que la única perspectiva desde la cual ciertas concepciones tienen sentido es una perspectiva masculina.) En virtud de esto, los términos en cuestión pueden servir como una barrera para una comunicación o un pensamiento apropiados sobre las experiencias que las mujeres tienen del sexo (Cameron 1985; Moulton 1981b; Spender 1980[1985]). Catharine MacKinnon y Sally Haslanger también discuten las definiciones legales de ‘rape’ [violación] según las cuales dicho fenómeno involucra, entre otras cosas, un nivel de fuerza “mayor al normal”. Dicha manera de entender la violación parece estar comprometida con la idea de que cierto nivel de fuerza es aceptable en las relaciones sexuales (Haslanger 1995: 109; MacKinnon 1989: 173).

 

Los lenguajes también pueden carecer de palabras para ciertas cosas que son de gran importancia para las mujeres. La existencia de estos vacíos constituye otra manera en que el lenguaje codifica una visión del mundo masculina. La expresión ‘sexual harassment’ [acoso sexual], por ejemplo, es una innovación feminista reciente. Las discusiones de las mujeres sobre sus experiencias las han llevado a notar un elemento común en muchos de sus problemas. Como resultado de ello, han inventado la expresión ‘sexual harassment’. Una vez que se le dio un nombre al problema, se volvió mucho más fácil combatir el acoso sexual, tanto legalmente como mediante la concientización de las personas con respecto a dicho fenómeno (Farley 1978; Spender 1985).

 

Miranda Fricker (2007) ha descrito vacíos tales como el que existía antes de la invención de la expresión ‘sexual harassment’ como formas de injusticia hermenéutica. Grosso modo, una injusticia hermenéutica ocurre cuando “un área significativa de la experiencia social de una persona no forma parte del entendimiento colectivo debido a” (2007: 155) un vacío en los recursos lingüísticos/conceptuales de la comunidad, el cual resulta más dañino para aquellos que pertenecen a un grupo socialmente desfavorecido (al cual dicha persona pertenece). En su libro Epistemic Injustice, Fricker conecta este fenómeno con temas en ética y epistemología, especialmente en epistemología del testimonio. En la sección 2.4., discutiremos esto con más detenimiento.

 

1.6. Esfuerzos de reforma: logros y limitaciones

Problemas como los que hemos visto hasta el momento son relativamente fáciles de distinguir. Más aún, podría parecer que tales problemas son también fáciles de corregir. Después de todo, podemos inventar nuevos términos o emplear alternativas ya existentes. Las feministas han dedicado gran parte de sus esfuerzos a tal empresa y han propuesto una gran variedad de reformas (véase, por ejemplo, Milles y Swift 1976, 1980 y los ensayos la segunda parte de Cameron 1998a).

 

Una reforma especialmente exitosa en inglés ha sido el cada vez más aceptado uso singular del pronombre neutral de la tercera persona ‘they’ (en lugar de ‘he’), tal como sucede en la siguiente oración (10):

 

Somebody left their sweater behind.

[Alguien olvidó su suéter.]

 

Una razón clave para el éxito de esta reforma es, quizá, la historia del uso singular de ‘they’. Como Ann Bodine ha notado (1975 [1998]), el uso singular de ‘they’ es bastante antiguo. No es hasta el siglo XIX que surgen críticas contra él. Asimismo, pese a todos los esfuerzos de los gramáticos prescriptivistas, este uso ha mantenido siempre su popularidad en el discurso hablado. Debido a las reflexiones feministas sobre los efectos del uso “neutral” de ‘he’, incluso los gramáticos prescriptivistas han empezado a aceptarlo. En los últimos años, se ha vuelto más común que las personas usen ‘they’ como su pronombre personal elegido o, con menos frecuencia, que usen otras alternativas neutrales como ‘ze’ (Bennet 2016; Dembroff & Wodak 2017).

 

Otros esfuerzos de reforma han enfrentado mayores dificultades. Incluso algunos que en algún momento parecieron recibir aceptación han resultado contraproducentes. Susan Erlich y Ruth King (1992[1998]), por ejemplo, discuten el caso de ‘chairperson’, el cual debía servir como un reemplazo neutral de ‘chairman’ (11). Por el contrario, en muchos lugares se usa ‘chairperson’ para designar a las mujeres que ocupan la posición de chair, mientras que a los hombres aún se los designa utilizando ‘chairman’. Erlich y King sugieren que esto muestra que las reformas no pueden tener éxito a menos que vengan acompañadas de un cambio en las actitudes.

 

Las reflexiones feministas sobre el lenguaje han indicado, además, que podría haber problemas que no puedan solucionarse a través de reformas lingüísticas de alcance muy restringido. Algunas de las dificultades que se han descubierto van mucho más allá de un reducido grupo de expresiones o vacíos problemáticos. Deborah Cameron ofrece sorprendentes ejemplos provenientes del discurso escrito en los cuales se toma a las personas de sexo masculino como la norma sin utilizar ningún término que resulte cuestionable. El siguiente párrafo, del periódico The Sunday Times, es uno de ellos:

La falta de vitalidad se agrava por el hecho de que quedan muy pocos adultos jóvenes sin discapacidad. Estas personas se han ido a trabajar o a buscar trabajo y han dejado a las personas de avanzada edad, las personas discapacitadas, las mujeres y los niños. (Cameron 1985: 85) 

En este ejemplo, ‘adultos jóvenes sin discapacidad’ se utiliza claramente de una manera tal que excluye a las mujeres. Más aún, ejemplos como este (y otros que menciona Cameron) pasan desapercibidos antes quienes editan los periódicos y para quienes los leen. Es claro que hay un problema, pero no es uno que pueda ser identificado encontrando un término específico que resulte cuestionable y que requiera una reforma. Así, eliminar usos del lenguaje que toman a las personas de sexo masculino como la norma involucra mucho más que cambiar unos pocos términos o reglas de uso.

 

1.7. La masculinidad del lenguaje

Algunos feministas (por ejemplo, Penélope 1990; Spende 1985) sostienen que el inglés es, en un sentido general, masculino. (Argumentos similares han sido propuestos para otros lenguajes.) Podemos entender esto de la siguiente manera: tal como en el caso de términos específicos, podemos decir que el inglés es masculino en tanto codifica una visión del mundo masculina, contribuye a la subordinación de las mujeres, las vuelve invisibles o toma a las personas de sexo masculino como la norma. Un tipo de argumento para esta tesis parte del análisis de grandes cantidades de términos y la identificación de patrones de sesgo masculino, y concluye que el sesgo masculino del inglés es tan generalizado que es un error situar el problema en un grupo de palabras y no en el lenguaje como un todo. La primera etapa de este argumento es compleja y requiere de mucho trabajo. Además de las afirmaciones ya mencionadas, esta etapa incluye afirmaciones tales como (a) que hay más palabras para personas de sexo masculino que para personas de sexo femenino en inglés y que la mayor parte de tales palabras son positivas (Spender 1985: 15, citando a Julia Stanley 1977), (b) que “las palabras para las mujeres asumen connotaciones negativas incluso cuando designan el mismo estado o condición que designan en el caso de los hombres” (Spender 1985: 17), tal como ocurre con ‘spinster’ [solterona] y ‘bachelor’ [soltero], (c) que las palabras para las mujeres son sexualizadas más frecuentemente que aquellas para los hombres y que esto aplica incluso para palabras neutrales cuando estas son aplicadas a mujeres. Dale Spender, citando a Lakoff (1975), discute el ejemplo de ‘professional’. Ella compara ‘he is a professional’ [él es un profesional] con ‘she is a professional’ [ella es una profesional] y señala que, comparada con la primera oración, la segunda tiene muchas más probabilidades de ser interpretada como indicando que la persona en cuestión ejerce la prostitución. La sexualización de las palabras para las mujeres es considerada especialmente significativa por los muchos feministas que piensan que la objetificación sexual es un elemento crucial, si es que no la raíz, de las inequidades entre mujeres y hombres. Para mayor discusión sobre estos ejemplos, véase Baker 1992.

 

De acuerdo a teóricos como Spender, la codificación generalizada de sesgo masculino en el lenguaje es algo esperable. Las personas de sexo masculino (aunque no en su totalidad, como ella nota) han tenido mucho más poder en la sociedad y ello, afirma Spender, ha incluido el poder de imponer, a través del lenguaje, su visión del mundo. Más aún, sostiene, esto ha servido para aumentar su poder.

Sí hay sexismo en el lenguaje, el sexismo en el lenguaje sí mejora la posición de las personas de sexo masculino y estas sí han tenido control sobre la producción de formas culturales (Spender 1985: 144)

Esto, afirma Spender, proporciona evidencia circunstancial de que “las personas de sexo masculino han codificado el sexismo en el lenguaje para consolidar su pretensión de supremacía masculina” (Spender 1985: 144). Sin embargo, Spender considera que la evidencia para esta afirmación es mucho más que circunstancial. Para respaldar su posición, discute los esfuerzos de los gramáticos prescriptivistas. Tales esfuerzos incluyen, por ejemplo, la afirmación de que las personas de sexo masculino deben ser listadas antes que las personas de sexo femenino porque “el género masculino fue el género más digno” (Spender 1985: 147, su énfasis) y los esfuerzos (señalados anteriormente) para establecer que ‘he’ fuese el pronombre neutro de tercera persona del inglés.

 

De acuerdo con teóricas como Spender, la habilidad de los hombres para controlar el lenguaje les otorga un gran poder. Ya hemos visto maneras en que la masculinidad del lenguaje contribuye a la invisibilidad de las mujeres (esto en relación con palabras como ‘he’ y ‘man’). Si asumimos que la masculinidad del lenguaje va más allá de términos específicos, podemos afirmar que el poder que el lenguaje tiene para invisibilizar a las mujeres es aún más fuerte. También hemos visto maneras en que la masculinidad puede hacer más difícil que las mujeres se expresen. Cuando carecemos de palabras para experiencias femeninas importantes, tales como el acoso sexual, a las mujeres se les hace más difícil describir elementos clave de su existencia. De la misma manera, cuando las palabras que tenemos distorsionan sistemáticamente las experiencias de las mujeres (como en el caso de ‘foreplay’), a estas se les hace difícil comunicar la realidad de sus vidas. Si asumimos que tales problemas van más allá de un grupo reducido de términos y que, más bien, infectan el lenguaje como un todo, es natural suponer que las mujeres se encuentran en gran medida silenciadas, imposibilitadas de articular con precisión elementos clave de sus vidas y de comunicar aspectos importantes de sus pensamientos. Spender y otros también sugieren que la masculinidad del lenguaje constriñe el pensamiento, impone una visión del mundo masculina en todos nosotros e imposibilita visiones alternativas de la realidad o al menos las hace muy difíciles de articular. Estos argumentos a menudo echan mano de la llamada hipótesis Sapir-Whorf (Sapir 1921; Whorf 1956). Dicha hipótesis suele formularse de manera muy vaga. Sin embargo, parece corresponder, grosso modo, a la hipótesis de que “nuestra visión del mundo está determinada por las estructuras del lenguaje particular que usamos” (Cameron 1998b: 150). (Hay mucha controversia sobre lo que esto significa y sobre si es adecuado atribuir tal cosa a Sapir o a Whorf, pero tal controversia no es muy relevante para el presente artículo.)

 

Algunos sugieren que el poder masculino sobre el lenguaje les permite a los hombres moldear no solo el pensamiento sino también la realidad. Spender, por ejemplo, afirma que los hombres “crearon el lenguaje, el pensamiento y la realidad” (1985: 143). Esta es una versión bastante fuerte de lo que Haslanger ha denominado constructivismo discursivo (12). Haslanger define esta teoría de la siguiente manera:

Algo es construido discursivamente siempre y cuando es como es, hasta un punto considerable, en virtud de lo que se le atribuye (y/o se atribuye a sí mismo) (Haslanger 1995: 99)

Feministas como Spender y Catherine MacKinnon (1989) sostienen que el poder masculino sobre el lenguaje les ha permitido a los hombres crear la realidad. Esto se debe en parte al hecho de que nuestras maneras de categorizar la realidad dependen inevitablemente de nuestra perspectiva social: “no hay tal cosa como una realidad sin género o una perspectiva sin género” (MacKinnon 1989: 114). Haslanger (1995) discute este argumento en detalle.

 

En general, la solución que se sugiere no consiste en crear un lenguaje neutral que pueda capturar con exactitud la realidad en sí misma; una meta que ellas considerarían absurda. En lugar de ello, debemos orientarnos a crear una nueva realidad más favorable a las mujeres. Algunos feministas han sostenido que la única manera de lograr tal cosa es que las mujeres creen su propio lenguaje, ya sea a través de la redefinición de los términos que se encuentran en uso o de la invención de un nuevo lenguaje, con nuevas palabras y nuevas reglas. Solo así, sugieren, las mujeres podrán liberarse de las restricciones del lenguaje y el pensamiento masculinos, articular una visión del mundo alternativa y trabajar para hacerla realidad (Daly & Caputi 1987; Elgin 1985; MacKinnon 1989; Penelope 1990; Spende 1985). Lynne Tirrell (1993) ofrece una discusión especialmente sofisticada y compleja de esta idea.

 

Las afirmaciones que discutimos anteriormente acerca de la masculinidad del inglés, sus causas y sus efectos, son, en definitiva, polémicas. En primer lugar, no es claro hasta qué punto existe un sesgo masculino en el lenguaje. Aunque es claro que hay aspectos de ciertos términos y usos que deberían ser objeto de preocupación para una feminista, no es para nada obvio que sea apropiado afirmar que el inglés es un lenguaje con un sesgo masculino en un sentido radical. Tampoco es claro qué es exactamente lo que se estaría afirmando. Si la idea es que todos los términos tienen un sesgo masculino, entonces se trata de una idea bastante implausible: es muy poco probable que haya un sesgo masculino en ‘piano’ [piano] o en ‘isotope’ [isótopo]. Por otro lado, si la afirmación es simplemente que hay muchos aspectos del lenguaje que los feministas deberían cuestionar, muy probablemente se trata de una afirmación correcta. Sin embargo, no es para nada claro que resulte útil enfocarse en una afirmación tan general y no más bien en problemas específicos, sus complejidades y sus posibles soluciones (Cameron 1998b).

 

En segundo lugar, el poder que los hombres indudablemente han ejercido en la sociedad (aunque es importante notar que algunos grupos de hombres han sido notablemente menos poderosos que otros) no se traduce en modo alguno en un poder general sobre el lenguaje. El lenguaje es algo difícil de controlar, tal como han podido notar quienes han intentado crear lenguajes. El principal poder que los hombres han tenido tiene que ver con diccionarios, guías de uso y leyes. Si bien estos elementos juegan un rol importante moldeando la realidad y nuestros pensamientos, no parece legítimo basarse en la existencia de tal poder para afirmar que los hombres “crearon el lenguaje, el pensamiento y la realidad”.

 

Los supuestos efectos de la masculinidad del lenguaje son también problemáticos. Hemos mencionado ya algunos problemas que tiene la idea de que los hombres controlan el lenguaje. La idea de que los hombres también controlan o crean el pensamiento y la realidad tiene otros problemas. La habilidad de los feministas para señalar exitosamente diversas maneras en que ciertos elementos del lenguaje han opacado las experiencias de las mujeres puede ser tomada como buena evidencia contra la afirmación de que los hombres controlan el pensamiento (Cameron 1998b). Asimismo, como Haslanger (1995) ha sostenido con mucho detalle, el constructivismo discursivo sobre la realidad es insostenible. Sin embargo, sí parece correcto afirmar que los problemas con términos específicos pueden hacer que resulte más difícil para las mujeres comunicarse acerca de elementos importantes de sus vidas, así como, probablemente, reflexionar sobre los mismos (Hornsby 1995). Estas dificultades pueden tal vez ser descritas como silenciamiento parcial, restricción parcial del pensamiento o injusticia hermenéutica (Fricker 2007), temas que discutiremos de manera más completa en la sección 2.4.

 

Si las críticas que acabamos de discutir son correctas, entonces las mujeres no están en la necesidad de crear su propio lenguaje. Algunos teóricos se muestran satisfechos con esta conclusión, en tanto les preocupa que un lenguaje de las mujeres condene los pensamientos de estas a la marginalidad e impida el progreso feminista. Más aún, la idea de que las mujeres puedan fabricar un lenguaje común que permita la articulación de todas sus experiencias parece ignorar el hecho de que las mujeres difieren enormemente entre sí (Crenshaw 1991; Lugones & Spelman 1983; Spelman 1988; véase la sección sobre el feminismo y la diversidad de las mujeres en la entrada sobre filosofía feminista). Si las mujeres no pueden usar el mismo lenguaje que los hombres, ¿por qué deberíamos suponer que pueden compartir exitosamente un lenguaje?

 

1.8. La metáfora

Las feministas también se han ocupado de otro aspecto del lenguaje: el uso de la metáfora (véase la sección críticas feministas y concepciones de la objetividad en la entrada sobre epistemología feminista y filosofía feminista de la ciencia, y la entrada sobre aproximaciones feministas a la intersección entre el pragmatismo y la filosofía continental). En particular, han discutido el uso de metáforas con un sesgo de género en filosofía y en ciencia (13). Emily Martin (1991[1996]) ofrece ejemplos particularmente vívidos en su discusión del uso de metáforas con sesgo de género en discusiones sobre la reproducción humana.

En su forma más extrema, la ancestral relación entre el óvulo y el espermatozoide adquiere un tono regio o religioso. A veces se designa a la barrera protectora del óvulo como sus “ornamentos”, un término usualmente reservado para vestimenta religiosa sagrada. Se dice que el óvulo tiene una “corona” y que es acompañado por “células sirvientes”. El óvulo es sagrado, distinguido, es la reina del rey espermatozoide. El óvulo es, además, pasivo, lo que implica que depende del espermatozoide para ser rescatado. Gerald Schatten y Helen Schatten vinculan el rol del óvulo al rol de la bella durmiente: “una novia dormida que espera el beso mágico de su compañero, el cual infunde el espíritu que la traerá a la vida”. El espermatozoide, por el contrario, tiene una “misión”, la cual consiste en “moverse a través del tracto genital femenino en búsqueda del óvulo”. Una teoría popular afirma que el espermatozoide lleva a cabo un “viaje arriesgado” en la “oscuridad tibia”, donde algunos se desvanecen “exhaustos”. Los “sobrevivientes” “asaltan” el óvulo, son los candidatos exitosos que “rodean el premio”… (Martin 1996: 106).

La imagen de la reproducción que se sugiere aquí es incorrecta. El espermatozoide no se comporta de una manera tan resuelta, como se sugiere. Por el contrario, el

movimiento transversal de la cola del espermatozoide hace que la cabeza se mueva transversalmente con una fuerza diez veces mayor que su movimiento hacia adelante… de hecho, su tendencia más fuerte―diez veces más fuerte―es escapar tratando de palanquearse a sí mismo para alejarse del óvulo (Martin 1996: 108)

Tampoco es correcto afirmar que el óvulo es pasivo: las moléculas adhesivas en su superficie son muy importantes para superar la tendencia del espermatozoide de alejarse del óvulo (Martin 1996: 108). Martin sostiene que a los científicos les ha tomado bastante tiempo descubrir estos hechos, en parte debido a las metáforas que empleaban y que, incluso después de haberlos descubierto, les tomó mucho tiempo actualizar sus metáforas. Los estereotipos de género, sugiere Martin, pueden perjudicar nuestro entendimiento de la reproducción al llevar a los científicos a emplear metáforas equivocadas que ocultan la verdad. El uso de estereotipos de género en la imaginería científica también puede contribuir a perpetuar estereotipos perjudiciales, por ejemplo, al reforzar la tendencia a ver a las personas de sexo femenino como pasivas. La teoría de Martin ha sido cuestionada por Paul Gross (1998), quien sostiene que los científicos no descubrieron estos hechos tan lentamente como Martin afirma. Si Gross tiene razón, las metáforas problemáticas no afectan el trabajo de los científicos de la manera en que Martin sugiere. Aunque sí parecen haber afectado textos de carácter no científico sobre el tema.

 

Las metáforas con sesgo de género han sido usadas en distintos niveles de discusión, incluidos los más generales. Un tema importante del que se han ocupado los feministas ha sido la tendencia histórica a concebir la empresa científica de maneras sesgadas en lo relativo al género. Un ejemplo particularmente claro proviene de Francis Bacon y es discutido por Evelyn Fox Keller y por Genevieve Lloyd:

Para Bacon, la promesa de la ciencia consiste en “traerte a la Naturaleza con todos sus hijos para someterla a tu servicio y hacerla tu esclava” (Keller 1996: 36)

La tendencia a describir a la naturaleza en términos femeninos tiene una larga historia y se encuentra además en muchos ámbitos, tal como Lloyd (1984) ha descrito. Lloyd la vincula a aquella tendencia a describir la razón y la mente como masculinas y ha contrastarlas con las emociones y los cuerpos, supuestamente femeninos. Así, Lloyd sostiene que estas metáforas juegan un rol poderoso en la historia de la filosofía, en tanto han modelado y a menudo distorsionado nuestras teorías tanto sobre la razón, la mente, las emociones y el cuerpo como sobre hombres y mujeres. Otras discusiones importantes de metáforas con sesgo de género en filosofía pueden encontrarse en Irigaray 1974 [1985a], 1977[1985b]; Le Dœuff 1980[1990] y Nye 1990, 1992.

 

1.9. Filosofía del lenguaje

En los inicios de la filosofía feminista del lenguaje, se le prestó mucha atención a las maneras en que la filosofía del lenguaje resultaba problemática desde un punto de vista feminista. Una crítica era que la filosofía del lenguaje, tal como el inglés, mostraba un sesgo masculino. Otra, que la filosofía del lenguaje no tenía los recursos para promover los objetivos feministas. Aquellos que planteaban estas críticas no proponían abandonar la filosofía del lenguaje, sino reformarla, liberarla de su sesgo masculino y convertirla en una disciplina que pudiera contribuir a la realización de los fines del feminismo.

 

¿Qué razones se ofrecían para afirmar que la filosofía del lenguaje no era apropiada para lograr los objetivos feministas? Si bien eran razones de muy diversa índole (Hintikka & Hintikka 1983; Hornsby 2000; Nye 1996, 1998), una línea común tenía que ver con la idea de que la filosofía del lenguaje era excesivamente individualista. La crítica del individualismo en filosofía está presente en muchas áreas del feminismo. Lo que queremos decir con ‘individualismo’ varía mucho dependiendo del área de la filosofía que estemos discutiendo y de las preocupaciones específicas de quien plantea la crítica. (Para mayor discusión sobre lo que los feministas entienden por ‘individualismo’, véase Antony 1995.) Dado esto, no intentaremos proponer una definición general del término ‘individualismo’ tal como es usado por los teóricos en cuestión. Sin embargo, daremos una idea general de lo que parece estar en juego cuando la crítica anti-individualista se dirige a la filosofía del lenguaje. Algunos afirman que la filosofía del lenguaje se enfoca excesivamente en los estados mentales de hablantes individuales, en particular en sus intenciones (Hornsby 2000). El ejemplo central que Jennifer Hornsby ofrece de esta tendencia es la obra de H. P. Grice, la cual de hecho analiza aquello que la hablante quiere decir (14) en términos de las intenciones que esta posee. (Cabe señalar, sin embargo, que el análisis de Grice del significado de las oraciones incorpora elementos sociales y que tanto la hablante como la audiencia son esenciales para su noción de implicatura conversacional. Para mayor discusión, véase Saul 2002.) Otros sugieren que la semántica le da un rol demasiado importante a la noción de referencia a individuos discretos (Hintikka & Hintikka 1983). Su foco de atención son las definiciones de verdad de Alfred Tarski (Tarski 1956; véase también la entrada sobre las definiciones de verdad de Tarski) y la obra de Richard Montague (Thomason 1974).

 

Se dice que este tipo de individualismo es problemático por varias razones. Una afirmación común es que resulta característico de una manera de pensar masculina. De acuerdo a esta postura, los hombres tienen a estar interesados en individuos discretos y separados, mientras que las mujeres se interesan en conexiones y relaciones. Así, se sugiere que una filosofía del lenguaje individualista es una que representa una manera de pensar sobre el mundo masculina. Entonces, para que la filosofía del lenguaje sea fiel a las experiencias de uso del lenguaje tanto de hombres como de mujeres, su versión individualista, que es característica de la manera de pensar masculina, tiene que ser suplementada o reemplazada por una versión más apropiada a la manera de pensar femenina (Hintikka & Hintikka 1983; Hornsby 2000). Sin embargo, como Haslanger (2000a) y otras han notado, las afirmaciones acerca de las maneras de pensar masculina y femenina―de las cuales esta postura depende―no tienen un respaldo apropiado. Más aún, las diferencias entre mujeres nos dan razones para dudar de que sea posible respaldar cualquier generalización acerca de la manera de pensar “de las mujeres” (Ang 1995; Lorde 1983; Lugones & Spelman 1983; Moody-Adams 1991).

 

Otras objeciones contra el individualismo no dependen de afirmaciones psicológicas controversiales sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Por el contrario, estas sugieren que el problema real con el individualismo es que no logra apreciar la importancia de lo social. El mundo social es, naturalmente, un área de la que debemos ocuparnos cuando discutimos sobre política o relaciones de poder. Entender cómo surgen y cómo funcionan las relaciones de dominación son importantes proyectos dentro de la agenda feminista. El lenguaje es una parte importante del mundo social y, ciertamente, entender los roles que el lenguaje juega en la comunicación, la manipulación y el control (para citar solo algunos ejemplos) es vital para entender cómo funciona el poder (véase, por ejemplo, las ideas de MacKinnon sobre el discurso en MacKinnon 1993). Así, muchos feministas sugieren que una filosofía del lenguaje que sea apropiada para entender las interacciones comunicativas en el mundo social puede ser una valiosa herramienta para el feminismo. Sin embargo, insisten que el individualismo de la filosofía del lenguaje en su estado actual le impide cumplir esta función (Hornsby 2000). 

 

No todas las feministas están de acuerdo en que la filosofía del lenguaje presta muy poca atención al mundo social. De hecho, es una afirmación difícil de sostener en vista de la prominencia de, por ejemplo, la teoría causal de la referencia de Saul Kripke (1972; véase también la sección 2 de la entrada sobre referencia), los argumentos de Hilary Putnam para defender la presencia de un elemento social (la división de trabajo lingüístico) en la manera como funcionan los términos de clase (15) (1975; véase también la sección 3 de la entrada sobre referencia), la teoría de la conversación de H. P. Grice (1975 [1989]), el trabajo de David Lewis sobre las convenciones (1969) y la teoría de actos de habla (16) de J. L. Austin (1962 [1975]). Sin embargo, uno puede bien sugerir que los filósofos del lenguaje se han fijado únicamente en aspectos del mundo social que no son de especial interés para los feministas. Si bien las teorías causales de la referencia involucran―sin duda alguna―elementos sociales, tales elementos no parecen ser del tipo que les interesa a los feministas. Si bien la división del trabajo lingüístico de Putnam involucra ciertas relaciones de poder (las personas expertas tienen un tipo especial de poder lingüístico del que las no expertas carecen), los posibles aspectos políticos de estas relaciones son ignorados. Andrea Nye critica la filosofía del lenguaje mainstream con argumentos más o menos similares y sostiene que el trabajo sobre traducción radical no ha sido lo suficientemente sensible a preocupaciones políticas (para mayor discusión sobre la noción de traducción radical, véase la sección sobre significado y verdad en la entrada sobre Donald Davidson).

… una filosofía del lenguaje angloparlante altamente técnica y profesionalizada se enfrentaba a problemas como la posibilidad de una traducción “radical” de una comunidad lingüística a otra, esquemas conceptuales alternos e inconmensurables, la dificultad para establecer referencia singular a través de “diferentes mundos”, sin virtualmente ninguna referencia a fallos de comunicación reales o a problemas de género (Nye 1998: 266).

Más recientemente, Louise Antony ha sostenido que es un error suponer que haya una aproximación a la filosofía del lenguaje que sea específicamente feminista o antifeminista. Pese a que el blanco de la crítica de Antony es el trabajo de Hornsby, sus argumentos tienen un alcance más amplio. Ella sostiene que tales estrategias “faltan el respeto y excluyen a aquellas feministas que defienden posiciones distintas” (2012: 277).

 

2. Programas de investigación propositivos en filosofía del lenguaje

Las cosas han cambiado bastante en los últimos años. Actualmente, es ampliamente aceptado que la filosofía del lenguaje tiene algo que ofrecerle al feminismo e incluso que el feminismo tiene algo que ofrecerle a la filosofía del lenguaje. La filosofía feminista del lenguaje se está convirtiendo en un área consolidada de la filosofía del lenguaje y cuenta con varios proyectos de investigación propositivos sustanciales.

 

2.1. Feminismo y teoría de actos de habla

El primer proyecto de investigación analítico sustancial en filosofía feminista del lenguaje inició cuando Rae Langton y Jennifer Hornsby utilizaron la teoría de actos de habla para entender la idea, sugerida por Catharine MacKinnon, de que la pornografía silencia y subordina a las mujeres. Dicho proyecto, sin embargo, ha evolucionado mucho desde que se originó. Para dar una idea general del origen de este proyecto, resumiremos la discusión de Langton sobre el silenciamiento.

 

De acuerdo a Langton (1993), la pornografía contribuye a que ocurran violaciones en tanto silencia a las mujeres tanto de manera perlocucionaria como ilocucionaria. Siguiendo a Austin, Langton distingue entre actos locucionarios, ilocucionarios y perlocucionarios. Un acto locucionario es, grosso modo, el acto de proferir (17) palabras que tienen significados particulares; un acto perlocucionario es, grosso modo, el acto de proferir palabras que tienen un efecto particular; finalmente, un acto ilocucionario es el acto que se realiza al proferir las palabras. Consideremos, por ejemplo, la proferencia de Jennifer Saul de la oración “Yo juro lealtad a Su Majestad la Reina y a todos sus herederos”. El acto locucionario que Saul ha performado es simplemente la proferencia de una oración con un significado particular. Dicho acto ha tenido varios efectos perlocucionarios: hizo posible que Saul obtenga un pasaporte británico, la hizo sentir un poco perturbada al haber expresado sentimientos monárquicos e hizo que se preguntara si una república que sucediese a la Reina contaría como un heredero de la misma. El acto ilocucionario que ella performó fue el de volverse una ciudadana británica.

 

Langton propone que hay formas de silenciamiento que corresponden a cada uno de estos tipos de actos de habla. Una persona es silenciada locucionariamente si se evita que ella hable o si se le intimida para que no hable. Una persona es silenciada ilocucionariamente si no está en la capacidad de llevar a cabo los actos que intenta llevar a cabo cuando habla. Una persona es silenciada perlocucionariamente cuando su discurso no puede tener los efectos deseados. A Langton le preocupa particularmente el rol que el silenciamiento perlocucionario y el silencio ilocucionario tienen en una violación. La negativa de una mujer a tener sexo es silenciada perlocucionariamente cuando―incluso si se reconoce dicha negativa―se le fuerza a tener sexo. Su (intento de) negativa a tener sexo es silenciada ilocucionariamente cuando ni siquiera se le reconoce como negativa. (Para una exploración del rol de las convenciones en este silenciamiento ilocucionario, véase Wyatt 2009.) En este caso, de acuerdo con Langton, el acto en cuestión no es una negativa. Langton sugiere que la pornografía juega un rol clave en el proceso por el cual los hombres se vuelven menos capaces de reconocer las negativas de las mujeres como negativas y más dispuestos a violar a una mujer incluso cuando reconocen sus negativas. Esto significa, sostiene Langton, que la pornografía silencia a las mujeres tanto de manera ilocucionaria como perlocucionaria. Además, este silenciamiento posee una gran importancia, en tanto resulta en violaciones.

 

Este ejemplo también nos puede ayudar a notar que algunos elementos del individualismo pueden ser indispensables para el feminismo (para más argumentos a favor de este punto, véase Antony 1995). Asumiendo que los argumentos de Langton son sólido (18), podemos identificar un rol importante para la filosofía del lenguaje individualista en el feminismo. Si bien es correcto afirmar que enfocarse exclusivamente en las intenciones de hablantes individuales podría hacernos perder de vista hechos importantes (como sostiene Hornsby 2000), también es vital reconocer la importancia de prestar atención a las intenciones de una hablante individual. Para entender lo problemático del silenciamiento ilocucionario descrito previamente, tenemos que entender que la mujer intentó negarse al sexo. Para entender lo problemático del ejemplo del silenciamiento perlocucionario, tenemos que entender que la mujer intentó que su negativa tenga como resultado que ella no tenga sexo. En términos más generales, que una persona en una posición subordinada no sea entendida apropiadamente es un elemento importante en la vida que lleva en dicha posición, tal como muchos feministas han notado. Para entender mejor lo que implica que dicha persona no sea entendida apropiadamente, tenemos que prestar atención a aquello que la hablante intenta, a cómo la audiencia entiende a la hablante y a cómo estos dos elementos difieren. Para hacer esto, tenemos que fijarnos en estados mentales individuales.

 

Estas discusiones han inspirado una literatura considerable. A continuación, mencionamos de manera muy esquemática algunos de estos desarrollos:

 

  1. Algunos críticos (por ejemplo, Dworkin 1991, 1993; Jacobson 1995) han sostenido que los silenciamientos que pueden ser resultado de la pornografía no pertenecen al tipo de silenciamientos que las leyes que regulan la libertad de expresión deberían intentar proteger. (Respuestas a estas críticas pueden encontrarse en Hornsby & Langton 1998; Langton 2009a; y West 2003.)
  2. Otros teóricos, como Leslie Green (1998), han sostenido que la pornografía no tiene el tipo de autoridad que se necesita para llevar a cabo actos de subordinación y silenciamiento. Langton (2009b) ha respondido a esta crítica. Asimismo, Mary Kate McGowan (2003) ha sostenido que el tipo de autoridad que se necesita para llevar a cabo los actos en cuestión es en realidad un tipo de autoridad conversacional bastante modesto y ordinario. Nellie Wieland (2007), al igual que McGowan, piensa que no se necesita una autoridad del tipo que le preocupa a Green. Sin embargo, ella sostiene que la teoría de Langton corre el riesgo de absolver a los violadores de la culpa por sus crímenes. (Jacobson 1995 también expresa una preocupación similar.) McGowan & Maitra (2010) han respondido a esta crítica, así como McGowan, Adelman, Helmers & Stolzenberg (2010).
  3. Jennifer Saul (2006a) expresa su preocupación sobre la afirmación de Langton de que la pornografía misma es un acto de habla y sostiene que solo las proferencias en un contexto determinado pueden ser actos de habla. Más aún, sugiere que, si la afirmación de Langton es modificada de tal manera que se refiera a actos de ver o exhibir pornografía, esta perdería su plausibilidad. Claudia Bianchi (2008) critica este punto. Mari Mikkola (2008) responde.
  4. Tirrell (1999) plantea otro problema en relación al contexto. Tirrell sostiene que MacKinnon le asigna a la pornografía una autoridad tan fuerte que termina volviendo a las mujeres incapaces de articular de manera exitosa sus propias experiencias. Así, sugiere que la concepción de MacKinnon debe revisarse para poder darle un lugar a la comunicación exitosa que tiene lugar entre feministas.
  5. Alexander Bird (2002), Daniel Jacobson (1995) e Ishani Maitra (2009) expresan preocupaciones sobre la distinción austiniana entre ilocución y perlocución y el rol que esta juega en el argumento del silenciamiento (en particular, sobre el requerimiento de que las ilocuciones deban ser entendidas para ser exitosas). Para Bird y Jacobson, esto conduce a rechazar el argumento del silenciamiento. Por el contrario, Maitra replantea dicho argumento en términos griceanos. Angela Grünberg (2014) sostiene que el argumento del silenciamiento debe ser reconcebido para que pueda enfocarse, no en el silenciamiento ilocucionario, sino en el silenciamiento locucionario o rético. Grünberg sugiere que esto nos permitiría formular una respuesta satisfactoria a críticas como las de Bird y Jacobson. Mikkola (2011a) también defiende a Langton-Hornsby contra Bird y Jacobson.
  6. Judith Butler (1990) cuestiona el argumento del silenciamiento de distintas maneras. Fundamentalmente, sostiene (a) que el argumento asume una concepción implausible del uso del lenguaje y (b) que el silenciamiento no es importante de la manera que Langton y Hornsby asumen. Langton (2009c) ha respondido a esta crítica.
  7. Alex Davies (2016) sostiene que la pornografía podría no solo alterar la fuerza ilocucionaria de las proferencias de las mujeres, sino también bloquear su capacidad de llevar a cabo proferencias con el contenido que ellas desean. El ejemplo central de Davies es la manera en que los mitos de la violación, perpetuados por la pornografía, podrían hacer imposible que las mujeres expresen la verdad sobre sus experiencias en durante un interrogatorio.

 

Este uso de la teoría de actos de habla fue uno de los primeros desarrollos de la filosofía feminista del lenguaje que logró hacerse parte de la filosofía estándar y se ha convertido en un tema bastante estudiado y enseñado. Recientemente, sin embargo, han surgido voces feministas bastante críticas. De manera independiente y por distintas razones, Nancy Bauer (2015) y Lorna Finlayson (2014) han sostenido que la literatura feminista sobre actos de habla y pornografía está radicalmente confundida. Bauer plantea una serie de objeciones. Ella piensa que es errado tratar a la pornografía como discurso y sostiene, como otras críticas y críticos mencionados anteriormente, que la pornografía no debería ser considerada como una autoridad. Su crítica más fundamental, sin embargo, es que la literatura en cuestión no se toma en serio la realidad de la subordinación de las mujeres o de la pornografía, en tanto no se ocupa lo suficiente de la fenomenología del uso de la pornografía, no presta atención a todas las maneras en que toda la cultura se ve involucrada en la subordinación de las mujeres y se enfoca únicamente en sus actos verbales de negación, con lo cual no aprecia la deshumanización más compleja involucrada en los ataques sexuales. Para Bauer, esto es parte de una crítica más amplia a la filosofía analítica en general y a las lecturas tradicionales de Austin. Finlayson va más allá y sostiene, no que la obra de Austin ha sido mal utilizada por los feministas, sino que estos nunca debieron haberla utilizado. Ella sugiere que la incursión feminista en la teoría de actos de habla ha sido totalmente innecesaria y que el énfasis en la pornografía ha sido un error. 

 

Por otro lado, ha habido desarrollos bastante sustanciales que se basan en las discusiones feministas sobre teoría del discurso y las extienden hacia asuntos como el discurso racista y el discurso de odio en general. En su 2009a, McGowan defiende la existencia de un tipo distinto de silenciamiento que surge gracias a la pornografía; en su 2009b, sostiene que el discurso puede considerarse no solo como silenciante o subordinante, sino también como opresor. De hecho, ella sugiere que es probable que el discurso opresivo sea un fenómeno bastante extendido. Estas ideas son desarrolladas en mayor detalle en McGowan 2012, texto que se enfoca en el discurso racista, y en Simpson 2013. Maitra (2012) aplica ideas provenientes de las discusiones feministas sobre el discurso subordinante al caso del discurso racista. Langton también se fija en el discurso de odio en general (véase su 2012). Este texto llama la atención por su énfasis en el rol que tiene la pragmática en el moldeamiento de actitudes distintas a la creencia. El texto “Extracted Speech” de Rachel McKinney (2016) se basa en esta literatura para explorar las maneras en que el discurso puede ser extraído injustamente y no silenciado (por ejemplo, en el caso paradigmático de las falsas confesiones de los Central Park Five). Rebecca Kukla introduce la noción de injusticia discursiva para discutir un rango más amplio de maneras en que “quienes pertenecen a un grupo desfavorecido se enfrentan a una incapacidad sistemática de producir un tipo específico de acto de habla que tienen derecho a performar” (2014: 440), la cual usualmente tiene como resultado que estos terminen performando un acto de habla distinto al que intentaban performar. Pese a que Kukla se apoya en Langton y Hornsby, ella abandona su énfasis en ilocución y perlocución y se enfoca simplemente en la fuerza performativa. Independientemente de Langton y Hornsby, aunque también tomando en cuenta el rol de la pragmática en la política, Marina Sbisà (1999) explora el rol de las presuposiciones en la persuasión política. Finalmente, con una fuerte influencia de Langton y Hornsby, Jason Stanley (2015) desarrolla una teoría de la propaganda y se ocupa, entre otros temas, de la propaganda racista. 

 

2.2. Sobre el significado de ‘mujer’

En un artículo pionero titulado “Gender and Race: (What) Are They? (What) Do We Want Them To Be?” (2000b), Haslanger busca articular una teoría de la naturaleza del género y una teoría del significado de ‘mujer’. Ella adopta la clásica distinción entre sexo y género, según la cual sexo refiere a propiedades biológicas o anatómicas que distinguen a las personas de sexo masculino de las personas de sexo femenino (aunque, tal como sostiene Haslanger, esta distinción es flexible y es sensible a la influencia de factores sociales y políticos) y que gender refiere a factores sociales y culturales que distinguen a los hombres de las mujeres (véase la entrada sobre perspectivas feministas sobre el sexo y el género). Una de las principales virtudes del artículo de Haslanger es que hace explícita la aproximación metodológica que asume. Así, ella distingue entre un proyecto de tipo descriptivo, cuyo objetivo es revelar el concepto que efectivamente usamos o la propiedad que efectivamente rastreamos con nuestro uso del término, y un proyecto de tipo analítico (o de tipo mitigante (19), como lo llama en Haslanger 2006), cuyo objetivo es revelar el concepto que deberíamos usar o el significado que deberíamos asociar con el término en cuestión, dados nuestros propósitos y objetivos de investigación. Tal como Haslanger misma aclara, ella adopta una aproximación analítica o mitigante con el objetivo explícito de proponer una teoría del significado de ‘género’ y ‘mujer’ que pueda ser una herramienta útil para combatir el sexismo y luchar por la justicia social. Con este propósito en mente, Haslanger propone la siguiente definición del término ‘mujer’, como un tipo específico de género:

S es una mujer ssidef S es sistemáticamente subordinada en alguna dimensión (económica, política, legal, social, etc.) y S es “señalada” como blanco de este trato a través de rasgos corporales observados o imaginados que son tomados como evidencia de un rol femenino en la reproducción (2000b: 39).

Como podemos ver, la idea principal de la teoría de Haslanger es que el género es una estructura social jerárquica en la cual algunos miembros son ubicados en una posición de privilegio y otros, en una posición de subordinación en una dimensión social, económica, política, legal o cultural, todo ello en virtud de su rol real o imaginario en la reproducción. En particular, que una persona sea una mujer consiste en que esta ocupe una posición específica de subordinación con respecto a esta estructura social en virtud de sus rasgos corporales biológicamente femeninos, sean estos percibidos o imaginados.

 

La propuesta de Haslanger ha dado lugar a un interesante debate sobre las virtudes de una aproximación mitigante, así como sobre las ventajes y problemas de su aproximación específica. Por ejemplo, Saul (2006b) sostiene que el uso propuesto del término ‘mujer’ puede tener consecuencias problemáticas. Este parece implicar que los feministas deben promover la erradicación de las mujeres, dado que ellos promueven la erradicación de la subordinación de las personas debido a su rol biológico en la reproducción. Por esta razón, sostiene Saul, esta podría no ser la manera más ventajosa de usar el término ‘mujer’. Por otro lado, Saul sostiene que el concepto popular u ordinario de ‘mujer’ no distingue realmente entre el sexo como un rasgo biológico y el género como un rasgo social o cultural. En la misma línea, Mikkola (2011b) sostiene que podría ser muy costoso modificar el significado ordinario de ‘mujer’ de la manera que sugiere Haslanger, ya que esto podría poner en riesgo la comunicación. Asimismo, tanto la identidad de género como la etiqueta ‘mujer’ pueden ser una fuente de identidad y orgullo para muchas mujeres. Por lo tanto, caracterizar el ser mujer en términos de estar subordinada tal como lo hace Haslanger podría no ser políticamente útil para los objetivos del feminismo. Mikkola (2011b) propone una teoría alternativa de ‘mujer’, la cual reemplaza la distinción sexo/género por lo que ella llama el modelo de covarianza rasgo/norma. De acuerdo con este modelo, a hombres y mujeres (o personas de sexo masculino y personas de sexo femenino) se les asignan distintos rasgos en un cierto contexto y se espera que estos sean seguidos e instanciados. Sin embargo, los distintos rasgos que son asignados a hombres o mujeres son considerablemente flexibles y dependientes del contexto, y es posible modificar tanto la asignación de rasgos como las normas y expectativas acerca de ellos en virtud de distintos tipos de factores, incluyendo consideraciones morales y políticas.

 

En los últimos años, muchas feministas han sostenido que una teoría de ‘mujer’ como la de Haslanger podría no hacer justicia a los objetivos de las mujeres trans, lo cual debería ser central para los propósitos del feminismo. Por ejemplo, Saul (2012) sostiene que ni las teorías estándar basadas en el sexo ni las teorías estándar basadas en el género van a incluir a las mujeres trans de manera automática, dado que es plausible pensar que las mujeres trans (al menos algunas de ellas) van a ser excluidas de la extensión del término ‘mujer’ si este es definido en términos de rasgos biológicos o en términos de ciertos factores sociales y culturales que son usualmente atribuidos a individuos biológicamente femeninos. Saul propone como alternativa una teoría contextualista del significado de ‘mujer’:

X es una mujer es verdadera en un contexto C ssi X es un ser humano y es relevantemente similar (de acuerdo a los estándares operativos en C) a la mayoría de los seres humanos que poseen todos los signos biológicos del sexo femenino (2012: 201).

De acuerdo a esta teoría, una persona es parte de la extensión de ‘mujer’ en un cierto contexto cuando se parece lo suficiente a los individuos biológicamente femeninos, todo ello en relación a ciertos estándares de similitud que son relevantes en dicho contexto y que pueden variar de contexto a contexto. Saul sostiene que, a primera vista, esta teoría nos da los resultados correctos, en tanto clasifica a las mujeres trans como mujeres en la mayoría de los contextos en los que, por ejemplo, autoidentificarse como mujer es lo que se considera relevante. Sin embargo, Saul reconoce que, en última instancia, esta teoría puede tener resultados inadecuados. Por ejemplo, en una comunidad conservadora donde la mayoría de hablantes da por sentado que a las mujeres trans no debe permitírseles usar los baños de mujeres, el uso de ‘mujer’ sería tal que dicho término no aplicaría a las mujeres trans, ya que el criterio de similitud relevante que los hablantes conservadores tienen en mente parece ser algo así como “tener ciertos cromosomas o ciertos rasgos anatómicos”, rasgos que no son instanciados por todas las mujeres trans. En respuesta a este problema, E. Diaz-Leon (2016) ha sostenido que hay una manera de entender la teoría contextualista que evita este problema. Ella sostiene que podemos entender los estándares de similitud relevantes operativos en cada contexto como aquellos criterios que son los más útiles políticamente, dadas las metas y propósitos que son moralmente relevantes en dicho contexto. Por ejemplo, en el contexto de una comunidad conservadora donde no se les permite a las mujeres trans usar los baños de mujeres, hay razones morales para enfocarse en criterios como la autoidentificación, en lugar del criterio de tener ciertos rasgos biológicos. Esto es lo que hace que este criterio sea el relevante en dicho contexto y, por ende, lo que determina la extensión de ‘mujer’ en él, tal como la teoría requería.

 

Talia Bettcher (2013) también ha sostenido que las teorías mitigantes del significado de ‘mujer’ deberían tomar en cuenta los objetivos de las mujeres trans. Ella sostiene que las teorías “de significado único”, de acuerdo a las cuales ‘mujer’ tiene un único significado que es compartido por todos los hablantes, no pueden hacer justicia a tales objetivos. Así, ella propone una teoría “de significados múltiples”, de acuerdo a la cual (i) diversos significados del término ‘mujer’ coexisten en nuestra sociedad y (ii) algunos de ellos incorporan visiones del mundo que no solo son moral y políticamente problemáticas, sino que además contradicen los hechos, tales como aquella que invita a usar el término ‘mujer’ de una forma trans-excluyente. En virtud de esto, tenemos buenas razones para usar el término ‘mujer’ con el significado trans-inclusivo que las comunidades que apoyan a las personas trans asocian con él. Bettcher sostiene también que, pese a que es metodológicamente útil apoyarse en intuiciones, “es inapropiado descartar maneras alternativas en que estos términos son usados en subculturas trans; este uso debe ser tomado en consideración como parte del análisis” (2013: 235).

 

En los últimos años, Katharine Jenkins (2016) ha sostenido que la propuesta original de Haslanger excluye a las mujeres trans de la extensión del término ‘mujer’, lo cual es moral y políticamente problemático. Como sostiene Jenkins, las mujeres trans que no tienen la apariencia de una mujer cis (es decir, de aquellas mujeres a las que se les asignó el sexo femenino al nacer) no ocupan una posición de subordinación en virtud de ciertos rasgos corporales percibidos o imaginados que son tomados como evidencia de un rol biológico femenino en la reproducción, ya que no se asume que ellas tengan dicho rol (en tanto no tienen la apariencia de una mujer cis). Por esta razón, la teoría de Haslanger no puede capturar la auto-identificación de esas mujeres trans como mujeres y las formas en que ellas son subordinadas en virtud de su identidad de género. Para resolver este problema, Jenkins propone una ingeniosa teoría del género en términos de dos elementos: el género como un estrato social (20) y el género como una identidad social. El primero es similar a la noción de Haslanger del género como estructura social y el segundo tiene que ver con nuestras propias percepciones de la forma en que nos posicionamos en dichas estructuras. Siguiendo la teoría de la identidad racial de Haslanger (2005), Jenkins sugiere una teoría de la identidad de género en términos de mapas mentales que sirven para guiar nuestro comportamiento, normas y expectativas en los nichos sociales en los cuales vivimos. (Para una crítica de la teoría de Jenkins según la cual esta no es lo suficientemente inclusiva con respecto a las mujeres trans, véase Andler 2017).

 

En esta sección, nos hemos enfocado en teorías semánticas del significado de ‘mujer’. Recientemente, se han discutido mucho las preguntas acerca de la metafísica del género como un estrato social y acerca del sexo biológico como una categoría cuestionable. Algunas de estas discusiones tienen consecuencias para el significado de los términos correspondientes ‘mujer’ y ‘persona de sexo femenino’. Por ejemplo, Saray Ayala y Nadu Vasilyeva (2015) proponen una teoría del sexo biológico en términos de rasgos biológicos extendidos y flexibles. Según esta teoría, (i) qué rasgos cuentan para ser de sexo masculino o femenino es algo que cambia de contexto a contexto, dependiendo de nuestros objetivos y propósitos, y (ii) estos rasgos biológicos extendidos podrían incluir rasgos del ambiente, rasgos corporales artificiales, etc. Por otro lado, Helen Daly (2015) sostiene que deberíamos favorecer teorías de ‘persona de sexo femenino’ y ‘mujer’ que no asuman un punto de corte preciso entre aquellas personas que satisfacen el término y aquellas que no, dado que esto es moral y políticamente problemático. Asimismo, Jennifer McKitrick (2015) sostiene que una teoría del género en términos de disposiciones a comportarse de ciertas maneras puede ser políticamente útil y puede capturar los objetivos de las mujeres trans. Finalmente, Haslanger (2016) defiende una teoría contextualista de ‘sexo’, según la cual dicho término puede tener diferentes significados, dependiendo de los objetivos y propósitos de la investigación relevante en el contexto.

 

2.3. Proyectos mitigantes e ingeniería conceptual

Como vimos en la sección anterior, Haslanger (2000b) llama la atención sobre la necesidad de aproximaciones revisionarias o mitigantes en filosofía feminista. Esto en contraste con aproximaciones puramente conceptuales o descriptivas, las cuales se enfocan en los conceptos que tenemos o las categorías objetivas que rastreamos. La idea de una aproximación revisionaria o mitigante al análisis de nuestros conceptos ha sido bastante influyente en filosofía, pero la obra de Haslanger ha servido como una suerte de recordatorio de la importancia de ocuparnos de los conceptos que son más útiles para nuestros propósitos y no solo intentar revelar los conceptos ordinarios que tenemos, que es una tarea a la que muchos proyectos en la filosofía analítica mainstream reciente parecen haberle prestado mucha atención. La obra de Haslanger ha inspirado una gran cantidad de interesantes proyectos mitigantes en filosofía del género y de la raza y en filosofía social en general (véase, por ejemplo, Glasgow 2006, 2009 y Mallon 2006 sobre ‘raza’, Barnes 2016 sobre ‘discapacidad’, Dembroff 2016 sobre ‘orientación sexual’, así como muchos de los textos sobre ‘mujer’, ‘sexo’ y ‘género’ citados en la sección anterior). Como sugerimos antes, la noción de un proyecto mitigante no es nueva en filosofía. Sin embargo, en nuestra opinión, el ímpetu que esta aproximación metodológica ha experimentado recientemente le debe mucho al rol central que esta noción ha tenido en los desarrollos de la filosofía del género y de la raza durante las últimas dos décadas.

 

Conforme los proyectos mitigantes se han vuelto más comunes en filosofía analítica mainstream, han dado lugar a un examen cuidadoso de los fundamentos metodológicos y de los aspectos metafísicos, semánticos y epistémicos de la aproximación mitigante, así como de sus implicancias morales y políticas. Alexis Burgess y David Plunkett (2013a,b) han presentado un panorama muy útil de estas y otras cuestiones acerca de los proyectos mitigantes en filosofía, y han acuñado una nueva etiqueta: ética conceptual. Su intención es que este término refiera a la reflexión filosófica sobre los términos y conceptos que debemos usar en distintas áreas, dado nuestro mejor razonamiento normativo, así como las cuestiones metodológicas y filosóficas que surgen a partir de estos proyectos. Algunos ejemplos son la naturaleza de los valores y las consideraciones normativas que deberían guiar nuestra elección de términos y conceptos, así como preguntas semánticas sobre la naturaleza y la posibilidad del cambio conceptual y la revisión conceptual, entre otros. Una de las ventajas de tener esta nueva etiqueta a la mano es que las discusiones sobre estas cuestiones normativas acerca de nuestro discurso y pensamiento que antes se encontraban dispersas pueden unificarse y volverse más sistemáticas.

 

Otro término que se está volviendo prominente en esta área es ingeniería conceptual, término que pretende referir a proyectos mitigantes que tienen como objetivo revisar los conceptos que usamos y diseñar nuevos conceptos que sean más útiles para nuestros propósitos. Este término se originó en discusiones sobre las intuiciones metodológicas de Carnap (para un resumen bastante útil, véase French 2015), pero ahora es usado de una manera más general y englobante. Varios filósofos y filósofas han sostenido recientemente que es posible entender muchos debates tradicionales en filosofía como debates en ética conceptual o en ingeniería conceptual (véase, por ejemplo, Floridi 2011 y Plunkett 2015).

 

2.4. Injusticia hermenéutica

Como vimos líneas arriba, Fricker (2007) sostiene que hay un tipo distintivo de injusticia que tiene que ver con la incapacidad para entender y comunicar propiamente aspectos importantes de la propia experiencia social. Ella denomina a este fenómeno injusticia hermenéutica. De acuerdo con Fricker, a las personas que se encuentran en una posición de marginación no se les permite crear conceptos, términos y otros recursos representacionales que podrían ser usados para conceptualizar y entender sus propias experiencias, especialmente aquellas que tienen que ver con el hecho de estar en dicha posición de marginación. Las personas que se encuentran en una posición de poder tienden a crear conceptos y representaciones lingüísticas que ayudan a conceptualizar las experiencias y fenómenos que son relevantes para ellas y no las experiencias y fenómenos que son relevantes para la mayoría de las personas que se encuentran en una posición de marginación. En virtud de esto, quienes pertenecen a grupos marginados pueden encontrar un vacío en los recursos representacionales que tienen a su disposición. Asimismo, pueden carecer de los conceptos y términos que les permitirían entender y comunicar sus experiencias. Para ilustrar este fenómeno, Fricker (2007) se enfoca en ejemplos como el de la articulación del término ‘acoso sexual’. Antes de que este término sea acuñado, las víctimas de acoso sexual carecían de un lenguaje que les permitiera explicar la experiencia de recibir insinuaciones sexuales no deseadas en el trabajo de una manera que deje en claro por qué tales interacciones constituían un agravio para ellas.

 

En la creciente literatura sobre injusticia hermenéutica, los filósofos se han enfocado primordialmente en dos preguntas centrales: (i) ¿cómo entender apropiadamente el fenómeno de la injusticia hermenéutica? (¿en qué consiste su elemento epistémico y qué lo hace injusto?) (ii) ¿cómo podemos resistir este tipo de injusticia y cómo podemos llenar los vacíos conceptuales y lingüísticos en nuestro entendimiento colectivo de diversas situaciones de marginación?).

 

Con respecto a la primera pregunta, Laura Beeby (2011) ha sostenido que la noción relevante de injusticia hermenéutica es una que se enfoca en la situación epistémica que consiste en carecer de los conceptos y términos relevantes, y no en la posición que una persona ocupa en las condiciones sociales de fondo que origina tal situación. Ella sostiene que, por ejemplo, en el caso del acoso sexual, tanto la víctima como el acosador sufren de injusticia hermenéutica, en tanto ambos se encuentran en situaciones epistémicas similares, es decir, ambos tienen vacíos similares en su entendimiento colectivo de lo que está pasando. Tal como Beeby sostiene, si ofrecemos una caracterización de la injusticia hermenéutica en términos de la situación epistémica del sujeto y, en particular, en términos de sus vacíos conceptuales, entonces tanto la persona que acosa como la que es acosada se encontrarían en una situación de injusticia hermenéutica. Sin embargo, esto parece entrar en tensión con la afirmación de Fricker de que solo la víctima sufre de injusticia hermenéutica. Al respecto, Beeby señala que uno puede sostener, siguiendo a Fricker, que las personas en una posición de poder tienen una ventaja epistémica en otro sentido: ellos tienen la capacidad de crear conceptos y términos que son útiles para entender y comunicar sus propias experiencias y las interacciones sociales que son más relevantes para ellas. Esto contrasta con la situación de las personas que se encuentran en una posición marginalizada, quienes carecen de esta capacidad.

 

La idea de que las personas marginadas no tienen la capacidad de conceptualizar y comunicar sus propias experiencias ha sido cuestionada por filósofas como Rebecca Mason (2011), Kristie Dotson (2012), Gaile Pohlhaus (2012) y José Medina (2013). Mason (2011) y Medina (2013) han sostenido que, si bien Fricker tiene razón cuando dice que las personas en situación de marginación pueden no tener acceso a términos compartidos públicamente que les permitan comunicar sus experiencias a aquellos en posición de poder, sí pueden estar en la capacidad de darle sentido a sus propias experiencias de una manera útil, incluso antes de que estos conceptos públicos sean introducidos en el lenguaje dominante. Por ejemplo, en el caso del acoso sexual, algunas víctimas de acoso sexual pudieron participar en reuniones de autoconciencia (21) y hablar entre ellas acerca de experiencias similares. Es decir, pudieron entender sus experiencias y comunicarlas a personas que se encontraban en la misma situación, incluso antes de tener a su disposición un término como ‘acoso sexual’. Por lo tanto, Mason (2011) sostiene, parece plausible afirmar que quienes pertenecen a grupos marginados sí tienen recursos conceptuales que les permiten entender sus propias experiencias sociales y que lo que realmente les falta es el poder para introducir estos significados en el entendimiento colectivo, lo cual es injusto y deriva en que los grupos dominantes tengan un entendimiento distorsionado de las experiencias sociales de los grupos no-dominantes. Siguiendo una línea similar, Pohlhaus (2012) ha sostenido que los sujetos marginados se encuentran en una mejor posición para percibir los vacíos en nuestros recursos epistémicos colectivos con la finalidad de describir y conceptualizar de manera apropiada las experiencias de quienes son socialmente oprimidos. Más aún, estos sujetos podrían trabajar cooperativamente con otros sujetos que se encuentran en la misma situación para desarrollar nuevos recursos epistémicos que puedan lidiar con aquellas esferas del mundo social a las cuales las personas que se encuentran en una posición de dominación usualmente no les prestan atención. Sin embargo, como sostiene Pohlhaus, resultaría difícil convencer a los sujetos privilegiados para que empleen estos recursos epistémicos nuevos desarrollados por los sujetos marginados. Ella denomina a este fenómeno de ignorancia despectiva ignorancia hermenéutica deliberada.

 

Dotson (2012) ha introducido un nuevo tipo de injusticia epistémica, distinto a la injusticia testimonial y a la injusticia hermenéutica: lo que ella denomina injusticia contributiva. Este tipo de injusticia epistémica tiene que ver no solo con el fenómeno de ignorar deliberadamente los recursos epistémicos desarrollados por los marginalizados, sino también con el usar de manera continua recursos epistémicos distorsionados desarrollados por quienes se encuentran en una posición de poder sin prestar atención a las experiencias de las personas marginadas. El uso de recursos conceptuales defectuosos bloquea la aceptación de los nuevos recursos conceptuales desarrollados por las personas marginadas, lo cual conduce a malentendidos. Asimismo, Medina (2013) ha sostenido que el hecho de que quienes pertenecen a de grupos no-dominantes tengan la capacidad de entender sus propias experiencias y de comunicarlas a otras personas pertenecientes a tales grupos es un paso anterior a y necesario para que puedan introducir conceptos y términos nuevos y más sofisticados en nuestro lenguaje compartido. De acuerdo con Medina, esto también puede ayudarnos a responder la segunda pregunta que planteamos líneas arriba, es decir la pregunta sobre cómo resistir la injusticia hermenéutica. Medina sugiere que quienes pertenecen a los grupos dominantes deberían ser más sensibles a los incipientes intentos de comunicación de las personas en posición de subordinación, incluso antes de que dichas personas tengan acceso a conceptos compartidos que les permitan conceptualizar de manera apropiada aquellos aspectos de nuestras interacciones sociales. Finalmente, Derek E. Anderson (2017) distingue un nuevo tipo de injusticia epistémica: injusticia de competencia conceptual, el cual ocurre cuando un sujeto marginado no es considerado como un usuario competente de un concepto debido a una falta de credibilidad lingüística o conceptual, cuando en realidad el usuario es perfectamente competente. Anderson sostiene que este fenómeno es distinto de la injusticia hermenéutica, ya que, en casos de injusticia hermenéutica, los sujetos marginados carecen de acceso a ciertos conceptos importantes debido a razones estructurales, mientras que, en los casos de injusticia de competencia conceptual, ellos poseen los conceptos pero son considerados hablantes incompetentes. Este tipo de injusticia, sin embargo, está íntimamente relacionado con la noción de Dotson de injusticia contributiva, ya que en casos en los que los sujetos privilegiados utilizan recursos hermenéuticos distorsionados o sesgados, es muy probable que duden de la competencia conceptual de los sujetos marginalizados (incluso si estos son en realidad más competentes). Esto constituye injusticia de competencia conceptual. Asimismo, a raíz de esta duda, es menos probable que los recursos conceptuales de los sujetos marginados sean aceptados. Esto constituye injusticia contributiva.

 

Finalmente, sobre la pregunta acerca de los recursos que podrían necesitarse para llenar los vacíos hermenéuticos en nuestro entendimiento colectivo, Komarine Romdenh-Romluc (2016) sostiene que lo que se necesita son nuevos términos y conceptos que tengan el componente evaluativo correcto, además del componente descriptivo correcto. Por ejemplo, introducir el término ‘acoso sexual’ resultó bastante útil porque este nuevo término de alguna manera implica que el acoso sexual es algo incorrecto, mientras que términos anteriores como ‘coqueteo inofensivo’ no connotaban el componente evaluativo apropiado. Del mismo modo, como Medina (2013) sostiene, la apropiación de términos como ‘gay’ y ‘queer’ por parte de la comunidad LGTB puede ser vista como una estrategia para superar una situación de injusticia hermenéutica, ya que estos términos expresan nuevas concepciones positivas sobre la atracción hacia personas del mismo sexo, a diferencia de concepciones antiguas según las cuales dicha atracción era algo patológico o perverso. Asimismo, George Hull (por aparecer) sostiene que la autoconciencia es bastante importante, no solo como un medio para superar la injusticia hermenéutica, sino en tanto esta “puede constituir por sí misma una superación de la injusticia hermenéutica” (2016: 13). Hull se enfoca en el caso de las personas negras de Sudáfrica durante el periodo del apartheid y sostiene, basándose en el trabajo de teóricos del Black Consciousness como B.S. Biko y N.B. Pityana, que estas eran susceptibles a experimentar un desfase entre sus experiencias de racismo y opresión y los recursos hermenéuticos colectivos que tenían a su disposición. Por ello, la autoconciencia puede ayudarles a corregir concepciones e imágenes falsas o distorsionadas sobre ellas mismas, así como a desarrollar nuevas herramientas conceptuales que les permitan dar sentido a tales aspectos de sus vidas. Charlie Crerar (2016) incluso ha sostenido que la injusticia asociada con la falta de recursos hermenéuticos no ocurre únicamente en casos de ausencia conceptual (i.e. vacíos conceptuales) o inadecuación conceptual (i.e. falta de conceptos con las connotaciones apropiadas), sino también en casos en los que hay un repertorio conceptual rico pero la existencia de tabúes u otras prácticas sociales impide que los sujetos marginalizados discutan algunos asuntos relevantes para ellos. Por lo tanto, sostiene Crerar, “se requiere un acceso a un ambiente expresivamente libre en el cual puedan emplearse estos conceptos: un contexto social abierto y receptivo en el cual una experiencia particular que a los individuos o grupos les interese significativamente entender pueda ser discutida de maneras hermenéuticamente favorables” (2016: 205).

 

2.5. Genéricos

Los enunciados genéricos, tales como “los gatos son peludos” o “un gato es peludo”, no son ni generalizaciones universales (después de todo, hay gatos sin pelo) ni generalizaciones existenciales (son, de hecho, afirmaciones más fuertes). Estos enunciados dan lugar a muchos puzzles, los cuales han sido de interés tanto de lingüistas como de filósofos. (Para una discusión más completa sobre genéricos, véase la entrada sobre genéricos). Nuestro foco de atención en esta sección es la relevancia social y política que se sugiere tienen los enunciados genéricos sobre grupos sociales, tema sobre el cual existe una creciente literatura. Esta literatura toma como punto de partida la obra de Sarah-Jane Leslie (Leslie 2015; Wodak, Leslie & Rhodes 2015). Ejemplos como “los hombres no lloran” [boys don’t cry] o “las mujeres ponen a sus familias delante de sus carreras” han despertado gran interés. Estas oraciones pueden ser usadas para expresar afirmaciones puramente descriptivas, por ejemplo, que llorar es algo que no muchos hombres hacen. Sin embargo, también pueden ser usados para hacer afirmaciones normativas sobre lo que los hombres o mujeres deberían hacer. Wodak, Leslie & Rhodes (2015) sugieren que “podemos entender la diferencia entre genéricos normativos y descriptivos asumiendo la existencia de diferentes conceptos, los cuales son seleccionados por la frase nominal que ocurre en los genéricos” (Wodak et al 2015: 629). El término ‘mujeres’ puede seleccionar un concepto normativo (un ideal, el cual puede incluir cosas como enfocarse en la familia y no en la carrera) o un concepto descriptivo, en cuyo caso refiere a las mujeres sin importar si se enfocan en la familia o no. Leslie se basa en esto para explicar afirmaciones como “Hillary Clinton es el único hombre en la administración de Obama”. Al respecto, sugiere que, en dicho enunciado, ‘hombre’ refiere al ideal de hombría (22). Asimismo, esta distinción es parte de un proyecto más general que consiste en sostener que el uso de genéricos tiene efectos nocivos en la cognición social. Leslie (por aparecer) también discute lo que ella llama “genéricos de propiedad llamativa”, los cuales atribuyen propiedades peligrosas a grupos específicos genéricamente (e.g. “las personas negras son peligrosas, “las personas de religión musulmana son terroristas”). Ella sostiene que las afirmaciones genéricas de propiedad llamativa pueden no requerir que muchas instancias sean aceptadas como verdaderas (asumiendo que otras condiciones se cumplen), lo cual les permite convertirse en un mecanismo clave para perpetuar y exacerbar ciertos prejuicios. (Para algunas críticas a las ideas de Leslie sobre genéricos de propiedad llamativa, véase Saul por aparecer y Sterken 2015a,b.)

 

Haslanger (2011) se basa en la obra de Leslie y sostiene que las afirmaciones genéricas usualmente traen consigo implicaturas conversacionales sobre la naturaleza de ciertos individuos, lo cual les permite convertirse en un mecanismo clave para perpetuar las ideologías que sostienen estructuras sociales injustas. Haslanger sugiere que, cualesquiera sean sus condiciones de verdad (una manera de entender la teoría de Leslie haría que los enunciados genéricos de propiedad llamativa sean fácilmente verdaderos), uno debería negarlos a través del mecanismo de la negación metalingüística (Horn 1985), el cual permite negar una afirmación cuando esta trae consigo una implicatura falsa. Mediante este método, podemos empezar a desmantelar las ideologías de las cuales somos presos. (Para una crítica de estas ideas, véase Saul por aparecer.)

 

Notas

  1. En muchos casos, las observaciones de las autoras sobre expresiones en inglés se aplican también a las expresiones correspondientes en español.  En casos en los que esto no ocurre, he optado por mantener las expresiones en inglés e incluir una traducción aproximada de las mismas entre corchetes. Cuando ha sido necesario, he incluido notas al pie que permitan una mejor comprensión del texto, algunas de las cuales incluyen ejemplos adicionales en español. NT
  2. Nótese cómo la observación de las autoras aplica al español ‘un’. Por un lado, en la traducción de (2), ‘un’ es un artículo masculino que concuerda con el sustantivo masculino ‘hombre’. Por otro lado, en la traducción de (3), ‘un’ es utilizado de manera supuestamente neutral para hablar tanto de estudiantes hombres como de estudiantes mujeres. NT
  3. Traduzco los sustantivos ‘female’ y ‘male’ como ‘persona de sexo femenino’ y ‘persona de sexo masculino’ respectivamente. Asimismo, traduzco los adjetivos ‘female’ y ‘male’ como ‘propio/a del sexo femenino’ y ‘propio/a del sexo masculino’ respectivamente. Pese a que complejiza ligeramente el texto, esta traducción permite capturar la distinción, discutida por las autoras, entre la oposición femalemale y la oposición womanman (mujerhombre). NT
  4. Véase, por ejemplo, las entradas feminismo analítico; perspectivas feministas sobre el yo; ética feminista e historia feminista de la filosofía.
  5. Véase, por ejemplo, Erlich & King 1998: 168; Gastil 1990; Martyna 1978; Moulton, Robinson & Elias 1978; Wilson & Ng 1988. Cole, Hill & Dayley (1983) han criticado estos estudios. Para una respuesta a estas críticas, véase Gastil 1990.
  6. Uso ‘masculinidad’ para traducir ‘maleness’. NT
  7. El término ‘manageress’ es el femenino de ‘manager’ [gerente] y ‘lady doctor’ podría traducirse como ‘doctor mujer’. En español, podemos tomar como ejemplos las expresiones ‘poetisa’ y ‘mujer policía’. En ambos casos, se intenta resaltar el género de la persona pese a que las expresiones originales (‘poeta’ y ‘policía’) no llevan una marca de género. NT
  8. Uso ‘marcamiento de sexo’ para traducir ‘sex marking’. NT
  9. Cabe notar que Frye, al igual que la mayoría de los feministas de inicios de los 80s, no se ocupa de cuestiones relativas a las personas trans. Tampoco considera la posibilidad de que pronombres como ‘he’ y ‘she’ sean un asunto de género y no de sexo.
  10. Aquí es útil mencionar dos aspectos del español que lo distinguen del inglés. En primer lugar, el español no cuenta con pronombres personales neutros de tercera persona, por lo cual no es posible reproducir la estrategia similar de ‘they’. Una estrategia común actualmente es la introducción del pronombre ‘elle’. En segundo lugar, el pronombre posesivo de tercera persona singular en español es neutro, por lo tanto, es posible indicar que algo es poseído por alguien independientemente de si tal persona es hombre o mujer. De ahí que la oración ‘Alguien olvidó su suéter’ tenga un significado neutro. Esto no ocurre en inglés, donde los pronombres ‘his’ y ‘her’ sí distinguen entre hombres y mujeres. NT
  11. El término ‘chairman’ puede traducirse, de acuerdo al contexto, como ‘presidente’, ‘encargado’, ‘responsable’, etc. Solo en algunos casos, la traducción preserva la marca de masculino. NT
  12. Para mayor discusión sobre el constructivismo discursivo, véase también la sección sobre posmodernismo feminista en la entrada sobre epistemología feminista y filosofía feminista de la ciencia.
  13.  Véase también la sección sobre críticas feministas y concepciones de la objetividad en la entrada sobre epistemología feminista y filosofía feminista de la ciencia
  14. Uso ‘aquello que la hablante quiere decir’ para traducir ‘speaker meaning’. NT
  15. Uso ‘clase’ para traducir ‘kind’. NT
  16. Uso ‘actos de habla’ para traducir ‘speech acts’. NT
  17. Uso ‘proferir’ para traducir ‘utter’. NT
  18. Uso ‘sólido’ para traducir ‘sound’. NT
  19. Uso ‘mitigante’ para traducir ‘ameliorative’. NT
  20. Uso ‘estrato’ para traducir ‘class’, lo que nos permite distinguir ‘class’ de ‘kind’, que traduzco por ‘clase’. NT
  21. Uso ‘reuniones de autoconciencia’ para traducir ‘women ‘s consciousness-raising meetings’. NT
  22. Uso ‘hombría’ para traducir ‘manliness’. NT

 

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Estamos muy agradecidas con David Braun, Ray Drainville, Sally Haslanger, Chris Hookway, Jules Holroyd y Nancy Tuana por su invaluable ayuda con esta entrada. También quisiéramos agradecerle a Kathrin Gluer-Pagin por encontrar oraciones incorrectas en una versión anterior de esta entrada y a Erik Tellgren por informarnos acerca de la respuesta de Paul Gross a Emily Martin. Le debemos un agradecimiento especial a Mary Kate McGowan por sus extremadamente útiles consejos sobre la actualización de 2010 y a Heidi Grasswick por sus muy útiles comentarios sobre la actualización de 2017.

Traducción: Jaime Castillo Gamboa.

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