Perspectivas feministas sobre la objetivación

Evangelia (Lina) Papadaki

2020


La objetivación es una noción central en la teoría feminista. Puede definirse, de manera general, como el acto de ver y/o tratar a una persona, usualmente una mujer, como un objeto. En esta entrada, el enfoque está principalmente en la objetivación sexual, es decir, aquella que ocurre en el ámbito sexual.

Martha Nussbaum (1995, 257) ha identificado siete características que están involucradas en la idea de tratar a una persona como un objeto:

  • Instrumentalidad: tratar a una persona como una herramienta para los fines del objetivador.
  • Negación de la autonomía: tratar a una persona como si careciera de autonomía y autodeterminación.
  • Inercia: tratar a una persona como si careciera de agencia, y quizás también de actividad.
  • Fungibilidad: tratar a una persona como intercambiable con otros objetos.
  • Violabilidad: tratar a una persona como si careciera de integridad de límites.
  • Propiedad: tratar a una persona como algo que pertenece a otra (que puede ser comprada o vendida).
  • Negación de la subjetividad: tratar a una persona como si sus experiencias y sentimientos (si es que los tiene) no debieran ser tomados en cuenta.

Rae Langton (2009, 228–229) ha añadido tres características más a la lista de Nussbaum:

  • Reducción al cuerpo: tratar a una persona como si se identificara únicamente con su cuerpo, o partes del cuerpo.
  • Reducción a la apariencia: tratar a una persona principalmente en función de cómo se ve, o cómo aparece ante los sentidos.
  • Silenciamiento: tratar a una persona como si fuera muda, carente de la capacidad de hablar.

La mayoría de las personas que han reflexionado sobre la objetivación la consideran un fenómeno moralmente problemático. Esto es particularmente evidente en las discusiones feministas sobre la pornografía. Las feministas antipornografía Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin, influenciadas por la concepción de la objetivación de Immanuel Kant, han argumentado —de forma ya clásica— que, debido al consumo de pornografía por parte de los hombres, las mujeres como grupo son reducidas a la condición de meras herramientas para los fines masculinos.

Además, feministas como Sandra Bartky y Susan Bordo han sostenido que las mujeres son objetivadas a través de una preocupación excesiva por su apariencia. Trabajos recientes e importantes de autoras feministas también se han dedicado a explorar la conexión entre la objetividad y la objetivación.

Más recientemente, algunas pensadoras como Martha Nussbaum han cuestionado la idea de que la objetivación sea necesariamente un fenómeno negativo, defendiendo la posibilidad de una objetivación positiva. Aunque tratar a una persona como un objeto (en una o más de las formas mencionadas) suele ser problemático, Nussbaum sostiene que la objetivación puede, en ciertos contextos, asumir formas benignas o incluso positivas, y constituir una parte valiosa y placentera de nuestras vidas.

En una obra próxima, Nancy Bauer cuestiona la propia idea de que tenga sentido especificar las marcas y características del término «objetivación». Tal intento, argumenta, solo distorsionaría el fenómeno en cuestión (2015).

 

Índice

1. Kant sobre la sexualidad y la objetivación
2. Pornografía y objetivación
3. Apariencia femenina y objetivación
4. Objetividad y objetivación
5. La posibilidad de una objetivación positiva
6. La inutilidad de especificar las marcas y características de la objetivación
7. Conclusión

 

1. Kant sobre la sexualidad y la objetivación

La perspectiva de Immanuel Kant sobre la objetivación sexual ha sido especialmente influyente en los debates feministas contemporáneos sobre este tema. Kant pensaba que la sexualidad es extremadamente problemática cuando se ejerce fuera del contexto del matrimonio monógamo, y sostenía que en tales casos conduce a la objetivación. Escribe típicamente en las Lectures on Ethics, que “el amor sexual hace de la persona amada un Objeto de apetito; tan pronto como ese apetito se ha saciado, la persona es dejada de lado como se desecha un limón que ha sido exprimido. … tan pronto como una persona se convierte en un Objeto del apetito para otra, todos los motivos de relación moral dejan de funcionar, porque como Objeto de apetito para otra, una persona se convierte en una cosa y puede ser tratada y utilizada como tal por cualquiera” (Kant, 163).

 

Para Kant, la objetivación conlleva rebajar a una persona, a un ser con humanidad, al estatus de objeto. La humanidad, para este autor, es la naturaleza racional de una persona y su capacidad de elección racional. El rasgo característico de la humanidad es la capacidad de una persona para establecer y perseguir racionalmente sus propios fines. Un ser con humanidad es capaz de decidir lo que es valioso, así como de encontrar formas de realizar y promover tal valor. La humanidad es lo que es especial de los seres humanos. Los distingue de los animales y los objetos inanimados. Debido a que los seres humanos son especiales en este sentido, a diferencia de los animales y los objetos, tienen dignidad (una “valía interior”, en contraposición a una “valía relativa”) (Kant 1785, 42). Para Kant es crucial que cada persona respete la humanidad en las demás, así como la humanidad en su propia persona. La humanidad nunca debe ser tratada meramente como un medio, sino siempre, al mismo tiempo, como un fin (Kant 1797, 209).

 

A Kant le preocupa que cuando las personas ejercen su sexualidad fuera del contexto del matrimonio monógamo, traten a la humanidad simplemente como un medio para sus propósitos sexuales. En las Lectures on Ethics, Kant habla a menudo de la “degradación”, la “subordinación” y la “deshonra” de la humanidad cuando se ve involucrado el ejercicio de la sexualidad. Llega a decir que la actividad sexual puede conducir a la pérdida o al “sacrificio” de la humanidad (Kant Lectures on Ethics, 163-4). La persona amada pierde lo que tiene de especial como ser humano, su humanidad, y queda reducida a una cosa, a un mero instrumento sexual. Por lo tanto, la noción de objetivación de Kant se centra en gran medida en la instrumentalidad: el tratamiento de una persona como mera herramienta al servicio de los fines del amante. La objetivación, según Kant, supone considerar a alguien “como un objeto, algo para el uso” (Herman 1993, 57). Alan Soble sostiene que para Kant, “tanto el cuerpo como las acciones complacientes de la otra persona son herramientas (un medio) que alguien utiliza para su propio placer sexual y, en esa medida, la otra persona es una cosa fungible, funcional” (Soble 2002a, 226). La idea de que en las relaciones sexuales las personas se reducen a objetos, que pierden su naturaleza racional, es extrema. Halwani señala con razón que esta reducción a la condición de objeto rara vez se produce en la objetivación sexual. Explica que “exceptuando la violación, es raro que tratemos a nuestras parejas sexuales como objetos: no solo somos conscientes de su humanidad, sino que la tenemos presente” (2010, 193). Halwani ofrece aquí una lectura más sensible de la afirmación de Kant, al admitir que es cierta la idea de que “El deseo sexual es lo suficientemente poderoso como para hacer de la razón su propia herramienta; puede subvertir nuestra capacidad racional de establecer fines” (2010, 209). De este manera, las personas pueden “poner en peligro su dignidad al socavar su razón” (Halwani 2010, 209). Por lo tanto, aunque es poco atractiva la perspectiva de que la humanidad se destruye por completo cuando las personas ejercen su sexualidad, no es descabellado pensar que, en algunos casos, el deseo sexual y el ejercicio de la sexualidad pueden socavar nuestra racionalidad.

 

Kant pensaba que, en teoría, tanto los hombres como las mujeres pueden ser objetivados, pero era muy consciente de que, en la práctica, las mujeres son las víctimas más comunes de la objetivación. Esto es evidente en las discusiones de Kant sobre la prostitución y el concubinato. El ejercicio de la sexualidad en estos contextos sexuales moralmente problemáticos conduce a rebajar a las mujeres (prostitutas y concubinas) a objetos del apetito de los hombres.

 

Kant define la prostitución como la oferta con fines de lucro de la propia persona para la gratificación sexual de otra. Una persona, sostiene Kant, no puede permitir que otras utilicen su cuerpo sexualmente a cambio de dinero sin perder su humanidad y convertirse en un objeto. Explica que “… un ser humano no está a su propia disposición. No está facultado para vender una extremidad, ni siquiera uno de sus dientes. Pero permitir que su persona, con fines de lucro, sea utilizada para la satisfacción del deseo sexual, hacer de sí misma un Objeto de demanda, es disponer de sí misma como de una cosa” (Kant Lectures on Ethics, 165). La mercantilización de la prostituta conduce necesariamente a su objetivación; queda reducida a “una cosa sobre la que otro satisface su apetito” (Kant Lectures on Ethics, 165). Kant afirma que “los seres humanos no están facultados a ofrecerse a sí mismos, con fines de lucro, como cosas para que otros las usen con el fin de satisfacer sus inclinaciones sexuales. Al hacerlo, correrían el riesgo de que su persona fuera utilizada por todos y todas como instrumento para la satisfacción de la inclinación” (Kant Lectures on Ethics, 165). Kant culpa a la prostituta de su objetivación. La considera responsable de sacrificar su humanidad al ofrecerse como objeto para la satisfacción de los deseos sexuales de sus clientes.

 

Para Kant, la otra relación en la que la objetivación está claramente presente es el concubinato. Según Kant, el concubinato es la relación sexual no mercantilizada entre un hombre y más de una mujer (las concubinas). Kant considera que el concubinato es una relación puramente sexual en la que todas las partes tienen el propósito de satisfacer sus deseos sexuales (Kant Lectures on Ethics, 166). La desigualdad que implica esta relación la torna problemática. Kant explica que “la mujer entrega completamente su sexo al hombre, pero el hombre no entrega completamente su sexo a la mujer” (Kant Lectures on Ethics, 169). Dado que para Kant el cuerpo y el yo son inseparables, y juntos constituyen la persona, al entregar su cuerpo (su sexo) exclusivamente a su pareja masculina, la mujer entrega toda su persona al hombre, permitiéndole que la posea. Por el contrario, el hombre que tiene más de una pareja sexual, no se entrega exclusivamente a la mujer, por lo que no le permite poseer su persona. Al permitir que su pareja masculina posea su persona, sin que ella pueda poseer igualmente la de él, Kant cree que finalmente la concubina (y esto también se aplica a la mujer en cualquier otra relación polígama, incluido el matrimonio polígamo) pierde su persona y se convierte “en una cosa” (Kant Lectures on Ethics, 166).

 

La única relación en la que dos personas pueden ejercer su sexualidad sin el temor de reducirse a objetos es el matrimonio monógamo. Se requiere la monogamia para garantizar la igualdad y la reciprocidad en la entrega y posesión de las personas de los dos cónyuges. Los cónyuges entregan mutuamente sus personas de forma exclusiva, por lo que ninguno corre el peligro de perder su persona y convertirse en un objeto. Esta perfecta igualdad y reciprocidad entre los cónyuges es descrita por Kant de la siguiente manera: “… si me entrego completamente a otra [persona] y obtengo a cambio la persona de la otra, me vuelvo a ganar a mí mismo; me he entregado como propiedad de otra, pero a su vez gano a esa otra como mi propiedad, y así me vuelvo a ganar a la persona en cuya propiedad me he convertido. De este modo, las dos personas se convierten en una unidad de voluntad” (Kant Lectures on Ethics, 167). Además, este intercambio mutuo entre las personas de los dos cónyuges debe, para Kant, refrendarse en términos legales. Kant explica que el matrimonio es “la unión sexual conforme a la ley” (Kant 1797, 62). Quiere que algo externo, a saber, la ley, garantice esta propiedad vitalicia de las personas de los dos cónyuges en el matrimonio. Argumenta que esta obligación legal de entregar la persona de uno al cónyuge hace que el matrimonio sea distinto de una relación monógama entre dos integrantes no casados.

 

2. Pornografía y objetivación

Al igual que Kant, las feministas antipornografía Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin consideran que la desigualdad está estrechamente vinculada a la objetivación. Desde la perspectiva de ambas feministas, como desde la de Kant, por un lado está el poderoso objetivador y, por otro, su víctima impotente. Debido a la desigualdad de poder, el primero objetiva a la segunda.

 

A Kant le preocupa la desigualdad que se produce en las relaciones polígamas. MacKinnon y Dworkin, de otro lado, creen que la desigualdad es un fenómeno mucho más extendido y generalizado. Abarca todos los aspectos de nuestra sociedad. MacKinnon y Dworkin subrayan que vivimos en un mundo de desigualdad de género. Para MacKinnon, el gender de una persona se distingue claramente de su sexo. El género, ser hombre o mujer, se construye socialmente, mientras que el sexo, ser macho o hembra, se define biológicamente. Dentro de nuestras sociedades patriarcales, los hombres y las mujeres tienen roles claramente definidos: las mujeres (todas las mujeres, las mujeres como grupo) son objetivadas, mientras que los hombres (todos los hombres, los hombres como grupo) son sus objetivadores (MacKinnon 1987, 6, 32-45, 50; MacKinnon 1989a, 113-4, 128, 137-40; Haslanger 1993, 98-101). A pesar de que MacKinnon reconoce que una persona femenina (de sexo) puede ser un objetivadora y una persona masculina (de sexo) puede ser objetivada, ella considera que el primero es un hombre y el segundo una mujer, ya que en su opinión un hombre (de género) es por definición el objetivador y una mujer (de género) es por definición la objetivada.

 

Esta situación de desigualdad de género que perturba a nuestras sociedades y que está tan estrechamente ligada a la objetivación de la mujer es, según MacKinnon y Dworkin, creada y sostenida por el consumo de pornografía por parte de los hombres. MacKinnon define la pornografía como “la subordinación gráfica, sexualmente explícita, de las mujeres a través de imágenes o palabras, lo que también incluye a las mujeres deshumanizadas como objetos sexuales, cosas o mercancías; o que disfrutan del dolor, la humillación o la violación; o atadas, cortadas, mutiladas, lastimadas o heridas físicamente; en poses de sumisión o servilismo sexual o de exhibición;  reducidas a partes del cuerpo, penetradas por objetos o animales, o presentadas en escenarios de degradación, lesión, tortura; mostradas como soeces o inferiores; sangrando, lastimadas o heridas, en un contexto que hace que todas estas condiciones sean sexuales” (MacKinnon 1987, 176).

 

En nuestra sociedad, sostiene MacKinnon, la pornografía define el papel de las mujeres como objetos sexuales disponibles para el consumo de los hombres: “La pornografía define a las mujeres por cómo lucimos en función de cómo podemos ser utilizadas sexualmente. … La pornografía participa en el erotismo de su audiencia a través de la creación de un objeto sexual accesible, cuya posesión y consumo es la sexualidad masculina, en tanto socialmente construida; ser consumida y poseída como tal, es la sexualidad femenina, en tanto socialmente construida” (MacKinnon 1987, 173). Según MacKinnon, la pornografía es responsable tanto de la concepción de los hombres, como de las propias mujeres, sobre las mujeres como objetos disponibles para el consumo de los hombres.

 

La concepción de MacKinnon y Dworkin de la objetivación es similar a la de Kant. Para ambas, al igual que para Kant, la objetivación implica tratar a una persona, a alguien con humanidad, como un objeto de valor meramente instrumental y, en consecuencia, se reduce a esta persona a la condición de objeto para el uso. La persona objetivada se convierte en una herramienta para los fines sexuales de otros. La objetivación, por lo tanto, constituye un grave daño a la humanidad de una persona.

 

Dworkin emplea el lenguaje kantiano para describir el fenómeno de la objetivación sexual: “La objetivación ocurre cuando a una ser humana, a través de medios sociales, se la convierte en menos que humana, se la vuelve una cosa o mercancía, comprada y se la vende. Cuando se produce la objetivación, se despersonaliza a la persona, de modo que no se dispone de ninguna individualidad o integridad en términos sociales o en lo que es una intimidad extremadamente circunscrita. La objetivación es una lesión que se encuentra en el centro de la discriminación: quienes pueden utilizarse como si no fueran plenamente humanas, ya no son plenamente humanas en términos sociales; su humanidad se ve dañada al quedar disminuida” (Dworkin 2000, 30-1). Cuando una persona es tratada como menos que humana, como un mero objeto para el uso de otra, deviene, según Dworkin, en menos que humana. De este modo, su humanidad se ve dañada al ser disminuida.

 

MacKinnon también describe la objetivación en términos similares: “… Un objeto sexual se define sobre la base de su aspecto, en términos de su potencial de uso para el placer sexual, de modo tal que tanto el mirar —la calidad de la mirada, incluidos sus ángulos de visión— como la definición según el uso devienen erotizados como parte del propio sexo. Esto es lo que significa el concepto feminista de ‘objeto sexual’” (MacKinnon 1987, 173). Además, sostiene: “Una persona, en una visión kantiana, es un agente libre y racional cuya existencia es un fin en sí mismo, en contraposición a lo instrumental. En la pornografía las mujeres existen para los fines del placer masculino” (MacKinnon 1987, 173). En la medida en la que una persona solo tiene un valor instrumental, es evidente que ella no es considerada un fin en sí misma.

 

MacKinnon y Dworkin han argumentado que, incluso si las mujeres consienten ser utilizadas como meros medios para los fines sexuales de los hombres, esto no es suficiente para hacer que dicho uso sea permisible. Por ejemplo, estas feministas afirman que las mujeres de la industria pornográfica consienten ser utilizadas como objetos simplemente por la falta de opciones disponibles para ellas en nuestra sociedad patriarcal. El consentimiento de las mujeres, por lo tanto, no es un verdadero consentimiento. MacKinnon escribe: “El sexo no se elige por el sexo. El dinero es el medio de la fuerza y proporciona la coartada del consentimiento” (MacKinnon 1993, 28). Esto no solo vale para las mujeres en la pornografía. Para MacKinnon y Dworkin, el consentimiento de todas las mujeres para ser utilizadas sexualmente por los hombres no puede ser un verdadero consentimiento bajo las condiciones existentes de desigualdad de género. Sostienen que las mujeres no son verdaderamente culpables por ser reducidas a una condición de cosas de valor meramente instrumental. La objetivación de las mujeres es exigida e infligida por los hombres en nuestras sociedades. Son los hombres los que quieren, y también necesitan, según Dworkin, utilizar a las mujeres como objetos, y les demandan ser como objetos (Dworkin 1997, 142-3).

 

Kant compara a la persona objetivada con un limón, usado y después desechado, y, en otro caso, con un filete consumido por la gente para satisfacer su hambre (Kant Lectures on Ethics, 163 y 165). De manera similar, MacKinnon culpa a la pornografía de enseñar a sus consumidores que las mujeres existen para ser utilizadas por los hombres. Una mujer, según MacKinnon, se convierte en algo comparable a un vaso (una cosa) y, como tal, ella es valorada por cómo luce y por cómo puede ser utilizada (MacKinnon 1987, 138). Del manera similar, Dworkin se refiere a que el hombre es el único “centro humano” del mundo, rodeado de objetos de uso, entre ellos las mujeres. Un hombre experimenta su poder, según Dworkin, en el uso de objetos, tanto inanimados como de “personas que no son hombres adultos” (Dworkin 1989, 104).

 

Kant consideraba que el ejercicio de la sexualidad era inherentemente problemático. Para Dworkin y MacKinnon, en cambio, lo problemático no es la sexualidad en sí, sino la sexualidad construida a través de la pornografía. Estas feministas creen que la objetivación es una consecuencia de la desigualdad de género y que es creada y sostenida por la existencia y el consumo de la pornografía. La pornografía, según MacKinnon, convierte la sexualidad de las mujeres en “algo que cualquier hombre que lo desee puede comprar y tener en sus manos… Se convierte en algo para ser utilizado por él, concretamente, en un objeto de su uso sexual” (MacKinnon 1987, 138). MacKinnon teme que el uso pueda ser fácilmente seguido por la violencia y el abuso. Dado que las mujeres son cosas (en contraposición a seres humanos), a los hombres les parece que no hay nada problemático en abusar de ellas. El estatus de objeto de las mujeres, por lo tanto, es la causa de que los hombres no vean nada problemático en el comportamiento violento hacia las mujeres.

 

Además, señala MacKinnon, en la pornografía se presenta a las mujeres disfrutando de la manera en la que son utilizadas y violentadas por los hombres: “En la pornografía, las mujeres desean crueldad y que dispongan de ellas. Los hombres… crean escenas en las que las mujeres desean desesperadamente ser atadas, maltratadas, torturadas, humilladas y asesinadas. O simplemente ser tomadas y utilizadas. Las mujeres están ahí para ser violadas y poseídas, los hombres para violarnos y poseernos…” (MacKinnon 1987, 148). Dworkin escribe de forma similar: “Los hombres no creen que la violación y la agresión son abusos contra la voluntad femenina en parte porque los hombres… han consumido pornografía en el mundo privado de los hombres durante siglos. … La verdad sexual más persistente en la pornografía es que el abuso sexual es deseado por la mujer normal, requerido por ella, sugerido o exigido por ella” (Dworkin 1989, 166). La pornografía, por lo tanto, enseña a sus consumidores que no solo está permitido tratar a las mujeres de esa manera, sino que las propias mujeres disfrutan siendo utilizadas, violentadas y abusadas por los hombres. Además, Watson sostiene que el consumo de pornografía restringe la autonomía sexual de niños y hombres, debido a la omnipresencia de la pornografía como herramienta de educación sexual. El consumo de pornografía moldea poderosamente las creencias, actitudes, preferencias y deseos de sus usuarios. La pornografía, sostiene ella, los distorsiona y, de este modo, socava la autonomía sexual de las personas y restringe el desarrollo de una sexualidad auténtica tanto para las mujeres como para los hombres (Altman y Watson 284, 287-8).

 

La idea de que la pornografía causa que los hombres traten a las mujeres como objetos para ser usados y abusados ha sido defendida por varias feministas. Alison Assiter sostiene que lo malo de la pornografía es que refuerza los deseos de los hombres de tratar a las mujeres como objetos (como meros medios para conseguir sus propósitos) (Assiter 1988, 68). Rae Langton también aborda la posibilidad de esa conexión causal entre el consumo de pornografía por parte de los hombres y la objetivación de las mujeres. Escribe: “Como una cuestión de psicología humana, cuando los hombres utilizan sexualmente objetos, artefactos pornográficos, como mujeres, tienden a utilizar a las mujeres reales como objetos”. Una variante más tenue de esta afirmación causal podría restringirse a un subconjunto de la pornografía… Como una cuestión de psicología humana, cuando los hombres utilizan sexualmente objetos como mujeres, y esos objetos son artefactos pornográficos, cuyo contenido es violento o misógino, entonces tenderán a utilizar mujeres reales como objetos” (Langton 1995, 178). 

 

Sin embargo, MacKinnon sostiene que la conexión entre el uso de la pornografía por parte de los hombres y la objetivación de las mujeres no es simplemente causal. Es famosa su afirmación de que la pornografía implica “sexo entre personas y cosas, seres humanos y trozos de papel, hombres reales y mujeres irreales”. Y, como resultado, para MacKinnon, “lo humano [las mujeres, en particular] se convierte en una cosa” (MacKinnon 1993, 109 y 25). El consumo de pornografía por parte de los hombres, por lo tanto, es (constituye) la objetivación de las mujeres. (Hay que admitir que se trata de una afirmación desconcertante, pero en la que no profundizaré aquí. Melinda Vadas (Vadas 2005) y Rae Langton (Langton 1995) han ofrecido explicaciones detalladas de la afirmación, y Jennifer Saul (Saul 2006) ha presentado una crítica).

 

Kant pensaba que la solución a la objetivación sexual es el matrimonio. Esto se debe a que concibió esta relación como una relación de perfecta igualdad y reciprocidad entre cónyuges. Cada quien entrega su persona al de la otra y recibe a cambio la persona de la otra. De este modo, creía Kant, ninguna de las dos personas es objetivada al perder su persona. (Para un análisis detallado del matrimonio kantiano, véase Herman 1993 y Papadaki 2010b). Para Dworkin y MacKinnon, sin embargo, la solución sugerida por Kant es inapropiada. La objetivación, según estas feministas, está presente en todas las relaciones heterosexuales de nuestra sociedad y daña la humanidad de las mujeres. El matrimonio, o cualquier otra relación heterosexual para el caso, claramente no es considerado una excepción por ellas. Según MacKinnon y Dworkin, la forma de luchar contra la objetivación es combatir la desigualdad de género, que es creada y sostenida por el consumo de pornografía que realizan los hombres. Consideran que la pornografía tiene poder y autoridad sobre su público (hombres y niños). Este punto de vista también es sostenido por Langton, quien argumenta que no importa que el discurso de los pornógrafos no sea generalmente tenido en alta estima. Lo que importa, más bien, es que los hombres y los niños aprenden sobre el sexo principalmente a través de la pornografía. La pornografía transmite a su público el mensaje de que las mujeres son objetos fácilmente disponibles para el consumo de los hombres (Langton 1993, 312).

 

La opinión de que la pornografía tiene esa influencia sobre los hombres y desempeña un papel tan central en la objetivación de la mujer ha recibido críticas. Deborah Cameron y Elizabeth Frazer cuestionan la idea de que los hombres estén condicionados a comportarse de determinadas maneras a consecuencia del consumo de pornografía. Lo problemático de esta idea, según ellas, es que se presenta a los hombres como incapaces de interpretar críticamente los materiales pornográficos y como simples imitadores de lo que ven en la pornografía (Cameron y Frazer 2000, 248-251). En un sentido similar, Altman sostiene que el consumo de pornografía no puede alterar las preferencias y los deseos de una persona, ya sean sexuales o de otro tipo. Afirma que los hombres encuentran excitante la subordinación de las mujeres, no como resultado de haber consumido pornografía; más bien, disfrutan de la pornografía, que incluye la subordinación de la mujer, porque ya encontraban esta subordinación excitante. Por lo tanto, la pornografía no hace nada sexy, sino que se ocupa de lo que sus consumidores ya encuentran sexy (Altman y Watson, 68-9).

 

Sin embargo, incluso asumiendo que la pornografía transmite efectivamente a sus consumidores el mensaje de que la mujer es como un objeto, se ha sugerido que la pornografía no es especial en lo que respecta a mantener la desigualdad de género y la objetivación de la mujer. Leslie Green explica que la idea de que las mujeres son meros objetos/herramientas se refuerza a través de la presión de los padres, la televisión, las novelas populares, los vídeos musicales y la moda. Lo que tenemos que hacer, dice Green, es cambiar nuestra sociedad de modo que se reconozca la subjetividad de las mujeres (Green 2000, 43-52). Nussbaum también sostiene que no debemos considerar la pornografía como la causa principal de la objetivación de la mujer. Según Nussbaum, la objetivación sexual suele estar causada por la desigualdad social, pero no hay razón para creer que la pornografía sea el núcleo de dicha desigualdad (Nussbaum 1995, 286, 290).

 

Una opinión similar ha sido formulada por Ronald Dworkin, según el cual “Puede resultar extraño que las feministas hayan dedicado tanta energía a esa campaña [la campaña por la ilegalización de la pornografía]… No cabe duda de que la cultura de masas es, de diversas maneras, un obstáculo para la igualdad sexual, pero las formas más populares de esa cultura —la visión de las mujeres presentada en las telenovelas y los anuncios publicitarios, por ejemplo— son obstáculos mucho mayores para esa igualdad que las películas basura que ve una pequeña minoría” (R. Dworkin 1993, 36). 

 

3. Apariencia femenina y objetivación

Algunas pensadoras feministas han subrayado que, en nuestra sociedad, las mujeres se identifican y asocian más con su cuerpo que los hombres y, en mayor medida que estos, son valoradas por su aspecto (Bartky 1990; Bordo 1993, 143). Para conseguir la aceptación social, las mujeres están sometidas a una presión constante para corregir sus cuerpos y su apariencia en general, y para que se ajusten a los ideales de apariencia femenina de su tiempo, las llamadas “normas de apariencia femenina” (los estándares de apariencia que las mujeres creen que deberían cumplir) (Saul 2003, 144). Algunas feministas han argumentado que, al preocuparse por su aspecto, las mujeres se tratan a sí mismas como objetos que hay que decorar y contemplar.

 

En su libro Femininity and Domination, Sandra Bartky utiliza la teoría de la alienación de Marx para explicar la objetivación que resulta de la preocupación de las mujeres por su apariencia. Una de las características de la teoría de la alienación de Marx es la fragmentación de la persona humana, esta “escisión de la naturaleza humana en una serie de partes mal diferenciadas”. Para Marx, el trabajo es la actividad más distintiva del ser humano, y el producto del trabajo es la exteriorización del ser del trabajador. En el capitalismo, sin embargo, los trabajadores están alienados de los productos de su trabajo y, en consecuencia, su persona está fragmentada (Bartky 1990, 128-9).

 

Bartky considera que las mujeres en las sociedades patriarcales también sufren una especie de fragmentación “al ser identificadas demasiado estrechamente con [su cuerpo]… [su] ser entero se identifica con el cuerpo, una cosa que… se ha considerado menos inherentemente humana que la mente o la personalidad” (Bartky 1990, 130). Toda la atención se centra en el cuerpo de la mujer, de forma que su mente o su personalidad no se reconocen adecuadamente. La persona de la mujer, por lo tanto, está fragmentada. Bartky considera que a través de esta fragmentación se objetiva a la mujer, ya que su cuerpo se separa de su persona y se cree que representa a la mujer (Bartky 1990, 130).

 

Bartky explica que, normalmente, la objetivación implica a dos personas, una que objetiva y otra que es objetivada. (Esta es también la idea de objetivación planteada por Kant, así como por MacKinnon y Dworkin). Sin embargo, como señala Bartky, el objetivador y el objetivado pueden ser la misma persona. Las mujeres en las sociedades patriarcales se sienten constantemente vigiladas por los hombres, como las prisioneras del Panóptico (modelo de prisión propuesto por Bentham), y sienten la necesidad de parecer sensualmente agradables a los hombres (Bartky 1990, 65). Según Bartky: “En el régimen de la heterosexualidad institucionalizada, la mujer debe convertirse en ‘objeto y presa’ para el hombre. … La mujer vive su cuerpo como visto por otro, por un Otro patriarcal anónimo” (Bartky 1990, 73). Esto lleva a que las mujeres objetiven sus propias personas. Bartky sostiene que la mujer “[adopta] hacia su propia persona la actitud del hombre; así, se sentirá satisfecha a nivel erótico con su persona física, deleitándose en su cuerpo como un objeto bello que debe ser contemplado y decorado”. Tal actitud se denomina “narcisismo”, que Bartky define como la infatuación con el propio ser corporal (Bartky 1990, 131-2).

 

Al infatuarse con su ser corporal, Bartky sostiene que las mujeres aprenden a verse y a tratarse a sí mismas como objetos que hay que contemplar y decorar, aprenden a verse a sí mismas como si existieran en el exterior. El narcisismo, como también señala Simone de Beauvoir, “consiste en la constitución del yo como un doble ‘extraño’” (Beauvoir 1961, 375). La adolescente “se convierte en un objeto y se ve a sí misma como un objeto; descubre este nuevo aspecto de su ser con sorpresa: le parece que se ha duplicado; en lugar de coincidir exactamente con ella misma, ahora empieza a existir fuera” (Beauvoir 1961, 316). Sin embargo, este “extraño” que habita la conciencia de la mujer, escribe Bartky, no es un extraño; es, más bien, el propio yo de la mujer (Bartky 1993, 134).

 

Como sostiene Nancy Bauer, basándose en Beauvoir, las mujeres siempre tendrán motivos para sucumbir a la tentación de objetivarse. Bauer menciona el reciente y extendido fenómeno de las estudiantes universitarias que afirman que obtienen placer practicando sexo oral unilateral a los estudiantes varones. Una mujer que se convierte en “objeto del deseo indefenso de un chico” de esta manera, explica Bauer, experimenta una sensación de poder y placer que, sin embargo, no es inocua (Bauer 2011, 124). Un gran tema de El segundo sexo, concluye Bauer, es que, para alcanzar la plena condición de persona, es necesario no solo que los hombres dejen de objetivar a las mujeres, sino también que “las mujeres se preocupen por abjurar de la tentación de objetivarse a sí mismas” (Bauer 2011, 128).  

 

Bartky habla de las prácticas disciplinarias que producen un cuerpo femenino y que son las prácticas a través de las cuales las mujeres aprenden a verse como objetos. En primer lugar, según ella, están las prácticas que pretenden producir un cuerpo de un tamaño y una forma determinados: las mujeres deben ajustarse al ideal corporal de su época (es decir, un cuerpo delgado con pechos grandes), lo que, según Bartky, exige que las mujeres sometan sus cuerpos a la “tiranía de la esbeltez” (someterse a dietas y ejercicios constantes) (Bartky 1990, 65-7). Susan Bordo también destaca el hecho de que las mujeres están más obsesionadas con las dietas que los hombres. Esto está relacionado con enfermedades graves como la anorexia y la bulimia. El 90 por ciento de las personas anoréxicas, señala Bordo, son mujeres (Bordo 1993, 143, 154). Además, un gran número de mujeres se somete a la cirugía plástica, sobre todo a la liposucción y al aumento de los senos, para que su cuerpo se ajuste a lo que se considera el cuerpo ideal.

 

Según Bartky, la segunda categoría de estas prácticas disciplinarias que producen un cuerpo femenino son las que pretenden controlar los gestos, las posturas y los movimientos del cuerpo. Las mujeres, sostiene, están más restringidas que los hombres en su forma de moverse, y tratan de ocupar muy poco espacio, a diferencia de los hombres, que tienden a expandirse en el espacio disponible. Los movimientos de las mujeres también se ven restringidos por sus ropas y zapatos incómodos (Bartky 1990, 68-9). La última categoría de las prácticas disciplinarias, sostiene Bartky, son las que se dirigen a la exhibición del cuerpo de la mujer como una “superficie ornamentada”: las mujeres deben cuidar su piel y tenerla suave, lisa, sin vello y sin arrugas, deben maquillarse para disimular las imperfecciones de su piel. Nuestra cultura exige la “infantilización” de los cuerpos y rostros de las mujeres (Bartky 1990, 71-2).

 

Según Bartky: “… sea lo que sea en lo que se convierta [una mujer], es sobre todo un cuerpo diseñado para complacer o excitar” (Bartky 1990, 80). Iris Marion Young añade que la preocupación de las mujeres por su apariencia suprime el potencial corporal de las mujeres: “Desarrollar un sentido de nuestros cuerpos como objetos bellos para ser contemplados y decorados requiere suprimir un sentido de nuestros cuerpos como sujetos fuertes y activos…” (Young, 1979).

 

¿Quién es el responsable de la situación de las mujeres? Según Bartky: “El poder disciplinario que inscribe la feminidad en el cuerpo femenino está en todas partes y en ninguna; el disciplinador son todos y, sin embargo, nadie en particular” (Bartky 1990, 74). El mensaje de que las mujeres deben parecer más femeninas está en todas partes: lo refuerzan los padres, los profesores, las parejas masculinas, y se expresa de diversas maneras en los medios de comunicación. Los hombres, por lo tanto, no son los únicos culpables de la situación de las mujeres. Debido a la omnipresencia de este poder disciplinario que impone la feminidad, la preocupación constante de las mujeres por la apariencia ha llegado a considerarse como algo natural y voluntario; es algo que las mujeres han interiorizado. Por lo tanto, en opinión de Bartky, no es nada fácil para las mujeres liberarse de su objetivación.

 

Sin embargo, no todas las feministas comparten la preocupación por la inevitabilidad de la objetivación que conlleva la búsqueda de la apariencia de las mujeres. Janet Richards considera que la preocupación de las mujeres por su apariencia es una cuestión de preferencia personal y no una cuestión feminista. Afirma que no hay nada intrínsecamente degradante u objetivador en que las mujeres traten de ser sensualmente agradables (Richards 1980, 184-204). Natasha Walter también considera que la preocupación de las mujeres por su apariencia no es necesariamente objetivadora. También señala el hecho de que los hombres de nuestra sociedad se autodecoran y buscan ser admirados por las mujeres (Walter 1998, 86-102). La propia Bordo reconoce que los hombres han empezado a dedicar cada vez más tiempo, dinero y esfuerzo a su apariencia (Bordo 1999). Destaca el hecho de que las revistas masculinas actuales, al igual que las femeninas, están llenas de artículos y consejos sobre cómo deben lucir los hombres: cómo ser más musculoso, qué ropa llevar, qué cremas y otros cosméticos utilizar, etc. Los hombres sienten la necesidad de hacer que su aspecto se ajuste a los ideales de masculinidad imperantes. Bordo cree que es el capitalismo consumista el que lleva a los hombres a preocuparse cada vez más por su aspecto: “¿Por qué deberían [las industrias de cosméticos, dietas, ejercicios y cirugía] limitarse a los mercados femeninos, si pueden convencer a los hombres de que su aspecto también necesita una mejora constante?”, se pregunta (Bordo 1999, 220).

 

Sin embargo, el hecho de que los hombres también se vean presionados para tener un aspecto determinado y realicen esfuerzos constantes para mejorar su apariencia no es suficiente para demostrar que la preocupación de las mujeres (y de los hombres) por la apariencia no sea objetivadora. Según Saul, “la creciente presión sobre los hombres para que se ajusten a unos estándares de belleza inalcanzables dista mucho de ser un signo de progreso: es, por el contrario, una señal de que el problema se ha agravado” (Saul 2003, 168).

 

4. Objetividad y objetivación

MacKinnon introduce la idea de que existen importantes conexiones entre la objetividad y la objetivación. MacKinnon escribe: “La postura del ‘conocedor’… es… la postura neutral, que llamaré objetividad, es decir, el punto de vista distanciado no situado… [Este] es el punto de vista socialmente masculino… [La] relación entre la objetividad como posición desde la que se conoce el mundo y el mundo que se aprehende de este modo es la relación de objetivación. La objetividad es la postura epistemológica de la que la objetivación es el proceso social, del que la dominación masculina es la política, la práctica social actuada. Es decir, mirar el mundo objetivamente es objetivarlo” (MacKinnon 1987, 50). Su afirmación se ha convertido en el centro de recientes investigaciones feministas. Basándose en el trabajo de MacKinnon, Rae Langton y Sally Haslanger han explorado la idea de que la objetivación suele estar oculta y “enmascarada” como objetividad.

 

Según Haslanger, al intentar ser objetivos sobre nuestro mundo y funcionar en él, intentamos descubrir la naturaleza de las cosas. La naturaleza de un objeto es esencial para él, y cualquier cambio en ella lo destruirá inevitablemente. Un objeto no puede existir sin las propiedades que constituyen su naturaleza. Descubrir la naturaleza de un objeto nos permite explicar su comportamiento en circunstancias normales. Esto significa que en la toma de decisiones prácticas debemos estar atentos a la naturaleza de los objetos (Haslanger 1993, 103, 105). Ella escribe: “No sirve de nada intentar freír un huevo en un plato de papel; tampoco tiene sentido intentar enseñar a leer a una roca. Debido a que el mundo no es infinitamente maleable según nuestros deseos o necesidades, la toma de decisiones razonable acomodará “cómo son las cosas”, donde esto se entiende como acomodar las naturalezas de las cosas, las condiciones de fondo que limitan nuestras acciones” (Haslanger 1993, 105).

 

Una estrategia plausible para descubrir la naturaleza de una cosa es buscar las regularidades observadas. Esto se debe a que las naturalezas son responsables del comportamiento regular de las cosas en circunstancias normales. Por ejemplo, observo que mis helechos mueren si se les priva de agua. Por tanto, llego a creer que la naturaleza de los helechos es tal que no pueden sobrevivir sin agua. Adecuo mi toma de decisiones a esta regularidad observada y, por lo tanto, riego mis helechos para evitar que mueran. Al observar la regularidad con la que los helechos mueren cuando se les priva de agua, he llegado a la conclusión de que esto se debe a la naturaleza de los helechos. Haslanger señala que este procedimiento de basarse en regularidades observadas para establecer restricciones en nuestra toma de decisiones prácticas, parece ser “un paradigma de procedimiento ‘neutral’, ‘objetivo’ o ‘razonable’” (Haslanger 1993, 105).

 

El procedimiento anterior, sin embargo, puede ser problemático. Esto se vuelve evidente cuando pasamos al mundo social. Por ejemplo, pretender descubrir la naturaleza de la mujer siguiendo el procedimiento anterior en sociedades patriarcales (como la nuestra, según MacKinnon) es muy problemático. MacKinnon cree que es una regularidad observada en nuestras sociedades que las mujeres son sumisas y similares a objetos (y los hombres son los objetivadores de las mujeres). Esto significa que se puede llegar a creer que las mujeres son, por su naturaleza, sumisas y similares a objetos. (Cabe señalar aquí que MacKinnon, y también Haslanger y Langton a raíz de ella, utilizan “hombres” y “mujeres” para referirse a las categorías de género, que se definen socialmente (no biológicamente): uno es mujer u hombre en virtud de su posición social). Sin embargo, es falsa la creencia de que las mujeres son naturalmente sumisas y como objetos, ya que las mujeres han sido hechas para ser así.

 

El estatus de como-objetos que tienen las mujeres no es un hecho natural, sino una consecuencia de la desigualdad de género. Al estructurar nuestro mundo de manera que se acomode a este hecho supuestamente natural acerca de las mujeres, mantenemos la situación existente de desigualdad de género. Tal como dice MacKinnon con toda claridad: “si miramos con neutralidad la realidad de género así producida, el daño que se ha hecho no será perceptible como daño. Se convierte simplemente en la forma en la que son las cosas” (MacKinnon 1987, 59). Haslanger añade: “Una vez que consideramos a las mujeres como sumisas y deferentes ‘por naturaleza’, los esfuerzos para cambiar este papel parecen sin motivación, incluso sin sentido. … Estas reflexiones sugieren que lo que parecía ser un ideal ‘neutral’ u ‘objetivo’, es decir, el procedimiento de basarse en regularidades observadas para establecer restricciones en la toma de decisiones prácticas, es uno que, en condiciones de jerarquía de género, reforzará los acuerdos sociales de los que depende dicha jerarquía” (Haslanger 1993, 106).

 

Inspirándose en MacKinnon, Haslanger sugiere que existen cuatro condiciones necesarias para que la persona A objetive a la persona B:

 

  1. La persona A ve y trata a la persona B como un objeto para la satisfacción del deseo de A;
  2. Donde la persona A desea que la persona B tenga alguna propiedad, A obliga a B a tener esa propiedad; 
  3. La persona A cree que la persona B tiene esa propiedad;
  4. La persona A cree que la persona B tiene esa propiedad por naturaleza (Haslanger 1993, 102-3).

 

Cuando se trata de la objetivación sexual de las mujeres por parte de los hombres, las condiciones anteriores son las siguientes:

 

  1. Los hombres ven y tratan a las mujeres como objetos de deseo sexual masculino;
  2. Los hombres desean que las mujeres sean sumisas y como-objetos y las fuerzan a someterse;
  3. Los hombres creen que las mujeres son, de hecho, sumisas y como-objetos;
  4. Los hombres creen que las mujeres son de hecho sumisas y como-objetos por naturaleza.

 

Según Haslanger, para que un objetivador pueda “enmascarar” su poder y creer que las diferencias observadas entre hombres y mujeres son consecuencias de sus naturalezas, debe recurrir a una norma de aperspectividad; debe creer que sus observaciones no están condicionadas por su propia posición social, y que él no tiene ningún impacto en las circunstancias observadas. Haslanger habla de una norma, a la que recurren a menudo los objetivadores, la norma de la Objetividad Asumida, que consta de las siguientes cuatro subnormas:

 

  1. Neutralidad epistémica: hay que asumir que una regularidad genuina en el comportamiento de algo es una consecuencia de su naturaleza.
  2. Neutralidad práctica: hay que limitar la toma de decisiones para adaptarse a la naturaleza de las cosas.
  3. Aperspectividad absoluta: hay que considerar las regularidades observadas como “genuinas” cuando: (i) las observaciones se producen en circunstancias normales,

(ii) las observaciones no están condicionadas por la posición social del observador

(iii) el observador no ha influido en el comportamiento de los elementos observados.

  1. Supuesta aperspectividad: uno debe considerar que cualquier regularidad que observe es una regularidad “genuina” y que, por lo tanto, revela la naturaleza de las cosas observadas (Haslanger 1993, 106-7).

 

Haslanger sostiene que, en condiciones de jerarquía social, la Norma de la Objetividad Asumida perpetuaría los patrones existentes de objetivación de la mujer. Por lo tanto, nuestros esfuerzos por el cambio social quedarían desmotivados. La norma en cuestión debería ser rechazada en este caso porque tiene malas consecuencias prácticas para las mujeres, mientras que sirve a los intereses de los hombres (es pragmáticamente mala). Además, Haslanger sostiene que la norma de la Objetividad Asumida debe ser rechazada porque produce creencias falsas, como la creencia de que las mujeres son sumisas y como-objetos por naturaleza (es epistémicamente mala) (Haslanger 1993, 108-115).

 

Langton concuerda con Haslanger en que, en condiciones de jerarquía social, la norma de la Objetividad Asumida es problemática y, por lo tanto, debe ser rechazada. Sus razones son dos: en primer lugar, (como también señaló Haslanger) debido a que produce creencias falsas; creencias que no se ajustan al mundo en absoluto, como la creencia de que las mujeres son como-objetos por naturaleza. En segundo lugar, porque produce creencias verdaderas pero injustificadas, creencias que son verdaderas “por razones equivocadas” (Langton 1993, 383); por ejemplo, la creencia de que las mujeres son realmente sumisas y semejantes a objetos. La creencia es injustificada, según Langton, por su dirección de adecuación. En este caso, explica Langton, en lugar de que los hombres organicen su creencia para que se adecue al mundo, el mundo se organiza para adecuarse a la creencia de los hombres. Las personas que ocupan una posición de poder y persiguen la norma de la Objetividad Asumida harán que el mundo se adecue a su creencia (Langton 1993, 383).

 

Langton explica que la objetividad tiene que ver con el modo en el que la mente se adecua al mundo (el modo en el que nuestras creencias se ordenan para acomodarse al mundo). Cuando alguien es objetivo, sus creencias tienen la dirección correcta de adecuación: las creencias se ordenan para adecuarse a la forma en la que el mundo es.

 

The objetivación, en cambio, se refiere a las formas en las que el mundo se adecua a la mente (se adecua a nuestras creencias). Las creencias de un objetivador tienen una dirección de adecuación errónea: el objetivador ordena el mundo para que se adecue a sus creencias, que están influidas por sus deseos, en lugar de ordenar sus creencias para que se adecuen a la forma en la que el mundo es realmente. La objetivación, por tanto, es un proceso en el que el mundo social llega a ser moldeado por el deseo y la creencia. El objetivador cree que sus creencias se han adecuado al mundo, cuando en realidad el mundo se ha adecuado a sus creencias.

 

En cuanto a la objetivación de la mujer, Langton explica que las mujeres se vuelven sumisas y como-objetos debido a los deseos y creencias de los hombres. Los hombres desean que las mujeres sean así y, si tienen poder, las obligan a convertirse en eso. Siguiendo la norma de la Objetividad Asumida, entonces, los hombres dan forma a la creencia de que las mujeres son de hecho sumisas y como-objetos, y también que las mujeres son así debido a su naturaleza. Así, en lo que respecta a la objetivación de la mujer, el mundo se adecua a la mente de los hombres. Sin embargo, las creencias de los hombres tienen una dirección de adecuación equivocada porque los hombres arreglan el mundo para que se adecue a sus creencias y deseos acerca de que las mujeres son sumisas y como-objetos. La norma de la Objetividad Asumida, por lo tanto, produce la creencia de que las mujeres son sumisas y semejantes a un objeto, lo cual es cierto pero tiene una dirección de adecuación equivocada (Langton 2000, 138-142), y esto junto como la falsa creencia de que las mujeres son así por naturaleza. (Para una mayor discusión sobre las creencias con una dirección de adecuación anómala, así como una discusión sobre los mecanismos que son responsables de generarlas, véase también el trabajo de Langton sobre la “proyección” y su papel en la objetivación de las mujeres en su artículo de 2004 “Projection and Objectification”. Para una crítica del argumento de Langton sobre que la norma de la Objetividad Asumida es responsable de producir creencias que son verdaderas pero tienen una dirección de adecuación equivocada, véase Papadaki 2008).

 

5. La posibilidad de una objetivación positiva

Hasta el momento, hemos examinado diversas preocupaciones relativas a la incorrección de la objetivación. Sin embargo, varios pensadores han cuestionado la idea de que la objetivación sea siempre moralmente problemática.

 

Alan Soble cuestiona la opinión kantiana, muy difundida, según la cual la dignidad humana es algo que tienen las personas. Sostiene que la objetivación no es inapropiada. Todo el mundo es ya solo un objeto y ser solo un objeto no es necesariamente algo malo. En un sentido, entonces, nadie puede ser objetivado porque nadie tiene el estatus ontológico superior que se requiere para ser reducible por la objetivación. En otro sentido, todo el mundo es vulnerable a la objetivación, y todo el mundo puede y es susceptible de ser objetivado, porque hacerlo es llevarlo a su nivel ontológico correcto. Escribe:

La afirmación de que debemos tratar a las personas como ‘personas’ y no deshumanizarlas es reificar, es antropomorfizar a los humanos y considerarlos más de lo que son. No tratemos a las personas como objetos, nos dicen. ¿Por qué no? Porque, dice la respuesta, las personas en cuanto personas merecen no ser tratadas como objetos. Qué buen ejemplo de chauvinismo ilusorio. Las personas no son tan grandiosas como las hacemos ver, como nos gustaría que fueran, o como esperamos que sean. (Soble 2002b, 53-4)

En el caso de la pornografía, por lo tanto, no hay nada malo, según Soble, en tratar a los actores y modelos pornográficos como objetos para el placer sexual y negar su humanidad. Ello se debe a que no existe una objetivación negativa que deba ser tenida en cuenta moralmente. Soble añade que la tarea de la pornografía es, de hecho, buena; la pornografía toma a estas personas (tanto hombres como mujeres), que según él son buenas en el sexo, y se asegura de que hagan algo con sus vidas (Soble 2002b).

 

Leslie Green es otro pensador que sostiene que es permisible y también necesario tratar a las personas como objetos. Como explica Green, las personas tienen cuerpo, se extienden en el espacio, existen en el tiempo y están sujetas a las leyes de la naturaleza. Sin embargo, las personas son claramente más que objetos. Por lo tanto, lo que resulta problemático, según Green, es tratar a una persona meramente como un objeto, como un mero medio para los propios fines. Podemos tratar a otras personas como medios solo si al mismo tiempo respetamos su integridad como agentes con sus propios fines (Green 2000, 44).

 

Green hace referencia al Imperativo Categórico de Kant, según el cual la prohibición es la de tratar a una persona meramente como medio, y no al mismo tiempo como un fin. Como subraya Green, no hay ninguna prohibición para tratar a una persona como medio (como instrumento) (Green 2000, 44). De hecho, Green sostiene que “debemos tratar a los demás como instrumentos, porque necesitamos sus habilidades, su compañía y sus cuerpos —de hecho, es poco lo que podemos hacer las criaturas sociales por nuestra propia cuenta, y muy poco lo que nos satisface—” (Green 2000, 45-6). Según Green, cuando las personas son mayores, tienen una discapacidad grave o están desempleadas de manera permanente, lo que más temen es dejar de ser útiles a los demás. Como dice Green, “echan de menos no solo su menor capacidad de acción, sino también su objetividad disminuida. … Pasan a ser … subjetivados” (Green 2000, 46).

 

Martha Nussbaum también pretende cuestionar la idea generalizada de que la objetivación es inconsistente con el respeto a la humanidad de una persona. Ofrece un análisis sistemático de la objetivación, un concepto nada fácil de definir y que quienes se dedican al tema no han aclarado suficientemente, como ella misma reconoce (Nussbaum 1995, 251).

 

La objetivación, para Nussbaum, es ver y/o tratar a una persona como un objeto; implica tratar a una cosa como otra: una está tratando como un objeto lo que en realidad no es un objeto, sino un ser humano (Nussbaum 1995, 256-7). Nussbaum, por lo tanto, no está de acuerdo con la opinión de Green de que las personas son en parte objetos. Según Nussbaum, existen siete características implicadas en la idea de objetivación: instrumentalidad, negación de la autonomía, inercia, fungibilidad, violabilidad, propiedad, negación de la subjetividad.

 

Según Nussbaum, una persona es objetivada cuando es vista y/o tratada de una o más de las siete maneras mencionadas. La instrumentalidad, por lo tanto, señala Nussbaum, la noción central de las concepciones de Kant, MacKinnon, Dworkin y Green sobre la objetivación, es solo una de las formas en las que una persona puede ser tratada como un objeto. (No obstante, Nussbaum cree que, entre estas siete nociones, la de instrumentalidad es especialmente problemática y suele estar vinculada a otras formas de objetivación (Nussbaum 1995, 265)). La concepción de Nussbaum de la objetivación, por lo tanto, es más amplia que la de Kant/MacKinnon/Dworkin, porque para Nussbaum la objetivación no se define meramente en términos de instrumentalización, y también porque puede darse cuando una persona solo es vista, pero no tratada, como un objeto (visto de una o más de las siete formas que ella menciona).

 

Según Nussbaum, la objetivación no tiene por qué tener consecuencias devastadoras para la humanidad de una persona. De hecho, Nussbaum critica a MacKinnon y Dworkin por concebir la objetivación como un fenómeno necesariamente negativo (Nussbaum 1995, 273). Nussbaum cree que es posible que “algunos rasgos de la objetivación… puedan, de hecho, en algunas circunstancias… ser incluso rasgos maravillosos de la vida sexual”, por lo que “el término objetivación también puede utilizarse… con un espíritu más positivo. Ver esto requerirá… ver cómo la combinación supuestamente imposible entre (una forma de) objetivación y la igualdad, el respeto y el consentimiento podría, después de todo, ser posible” (Nussbaum 1995, 251).

 

Según Nussbaum, entonces: “En materia de objetivación, el contexto lo es todo. … en muchos casos, si no en todos, la diferencia entre un uso objetable y uno benigno de la objetivación vendrá dada por el contexto general de la relación humana” (Nussbaum 1995, 271); “… la objetivación tiene características que pueden ser buenas o malas, dependiendo del contexto general” (Nussbaum 1995, 251). La objetivación es negativa cuando tiene lugar en un contexto en el que la igualdad, el respeto y el consentimiento están ausentes. Entre los casos de objetivación negativa que analiza en su artículo están Isabelle y Veronique de Hankinson, la revista Playboy y The Golden Bowl de James. Y es benigna/positiva cuando es compatible con la igualdad, el respeto y el consentimiento. Nussbaum da un ejemplo de objetivación benigna: “Si estoy tumbada con mi amante en la cama y utilizo su estómago como almohada, no parece haber nada de malo en ello, siempre que lo haga con su consentimiento (o, si está dormido, con la creencia razonable de que no le importará), y sin causarle dolor, siempre y cuando también que lo haga en el contexto de una relación en la que generalmente se le trata como algo más que una almohada” (Nussbaum 1995, 265).

 

Nussbaum cree que la “objetivación lawrentiana” (la que se produce entre los amantes en las novelas de D. H. Lawrence) es un claro ejemplo de objetivación positiva. El pasaje de El amante de Lady Chatterley que ella cita en su artículo describe una escena de sexo entre dos amantes. Connie y Mellors, en un contexto caracterizado por la igualdad social y el respeto, se identifican entre sí con sus partes del cuerpo, “… dejan de lado su individualidad y se identifican con sus órganos corporales. Se ven el uno al otro en términos de esos órganos” (Nussbaum 1995, 275). En consecuencia, los dos amantes se niegan mutuamente la autonomía y la subjetividad cuando participan en el acto sexual.

 

Sin embargo, explica Nussbaum, “cuando hay pérdida de autonomía en el sexo, el contexto es… uno en el que, en general, se respeta y promueve la autonomía. … De nuevo, cuando hay pérdida de subjetividad en el momento de hacer el amor, esta puede ir acompañada, y con frecuencia lo hace, de una intensa preocupación por la subjetividad de la pareja en otros momentos…” (Nussbaum 1995, 274-6). Como también subraya Nussbaum en su último ensayo sobre la objetivación, la “renuncia elegida por una persona a la autodirección autónoma, o su pasividad voluntaria puede ser compatible con, e incluso una parte valorada de, una relación en la que la mujer es tratada como un fin por sí misma… como un ser humano de pleno derecho” (Nussbaum 2007, 51). Además, Connie y Mellors no se tratan mutuamente como meros medios para sus fines, según Nussbaum. Aunque se tratan como herramientas para el placer sexual, en general se consideran más que eso. Los dos amantes, por lo tanto, son iguales y se tratan como objetos de una manera que es coherente con el respeto mutuo como seres humanos.

 

La lista de Nussbaum de los siete rasgos que intervienen en la objetivación y las relaciones que existen entre ellos ofrecen quizás el análisis más sistemático del concepto de objetivación realizado hasta ahora. Pero Papadaki ha argumentado que la concepción de Nussbaum es demasiado amplia (Papadaki 2010a). Una persona es objetivada, según Nussbaum, si es vista y/o tratada como un objeto (en una o más de las siete formas que menciona). Si cada vez que una persona es tratada (o simplemente vista) por otra, digamos, como un instrumento (no un mero instrumento) para algún otro fin, consideramos que la persona en cuestión es objetivada, entonces parece que en nuestra vida cotidiana objetivamos a casi todo el mundo, incluidas nosotras mismas. Inevitablemente, utilizamos a las demás personas y a nosotras mismas de forma instrumental todo el tiempo (por ejemplo, utilizo a un taxista como medio para llegar a mi destino, me utilizo a mí misma como medio para preparar una comida, etc.). Papadaki sostiene que para que la objetivación sea un concepto significativo, debemos restringirlo. Halwani también está a favor de una concepción más restringida de la objetivación. Sostiene que es mejor una definición de objetivación que incluya “solo el trato o el comportamiento hacia alguien”. Según este punto de vista, si alguien se limita a ver o considerar a otra persona de forma sexual, no hay objetivación. Tal definición, sugiere Halwani, “…es menos confusa y refleja con mayor precisión el problema de la objetivación: su impacto en los objetivados (a menudo considerados como víctimas)” (Halwani 2008, 342 y Halwani 2010, 187-8). Cree que es mejor argumentar que, en los casos de objetivación positiva de Nussbaum, no existe objetivación para empezar. Esto es mejor que “dedicarse a la gimnasia mental para tratar de mostrar que hay objetivación pero que está bien o es buena” (Halwani 2010, 197). La propia Nussbaum parece estar preocupada, en ocasiones, por el hecho de que su categoría de objetivación sea demasiado inclusiva. Por ejemplo, afirma que a veces no consideramos que la aparición de una sola de las siete nociones de su lista sea suficiente para la objetivación (Nussbaum 1995, 258). Sin embargo, sugiere Papadaki, ella no nos da suficiente orientación sobre cómo podemos decidir si la objetivación está presente cuando una persona es tratada de una de las siete formas que menciona. Además, sugiere que una vez que la asociación de la objetivación con lo moralmente problemático se debilita, existe el riesgo de que la lucha contra la objetivación (negativa) se vea socavada (Papadaki 2010a, 27-31).

 

6. La inutilidad de especificar las marcas y características de la objetivación

Recientemente, Nancy Bauer ha expresado su escepticismo respecto a la posibilidad de establecer un conjunto de criterios para lo que cuenta como objetivación sexual. Sostiene que es difícil especificar las marcas y características de un término que desempeña un papel normativo en nuestra visión del mundo mutuamente compartida. Y si el término en cuestión es importante para mi punto de vista, pero no para el tuyo, afirma que es imposible que yo especifique criterios para la aplicación del término que distingan el fenómeno desde tu punto de vista. Escribe: “Si el término ‘objetivación sexual’ es fundamental para ayudarte a dar sentido al mundo tal y como lo ves, entonces, más o menos, reconocerás la objetivación sexual cuando la veas. … En la medida en la que la literatura filosófica se propone delinear las marcas y características de la objetivación sexual, está destinada no solo a fracasar sino a no ver el propio fenómeno que pretende iluminar” (Bauer 2015, parte I).

 

En cuanto al concepto feminista de objetivación sexual, Bauer explica que fue acuñado como parte de un giro feminista en la forma de entender el mundo y la propia experiencia de una en él. Según este giro, en un contexto en el que las mujeres experimentan desventajas generalizadas, sistemáticas, diacrónicas y estructurales, ciertas formas de percibir y representar a las mujeres tienden a causarles daños materiales y psicológicos. Bauer sostiene que una vez que alguien participa en este cambio, el término “objetivación sexual” “iluminará” los fenómenos pertinentes, y la persona en cuestión verá la objetivación dondequiera que mire en la cultura contemporánea. Esto es así incluso si no está en condiciones de especificar exactamente sus marcas y características. Bauer explica que la “iluminación” en ciertos casos puede adoptar la forma de una experiencia de conversión que consiste en que vemos cosas que antes no veíamos. Para Bauer, la metáfora de la “iluminación” es crucial a la hora de pensar en la objetivación sexual y en otros términos que solo tienen sentido en el contexto de una forma normativa sistemática de entender el mundo (lo que ella denomina “visión del mundo” (Bauer, de próxima publicación, parte II)).

 

7. Conclusión

Sin duda, la objetivación es un concepto difícil de definir, tal como reconoce también Nussbaum, ya que resulta ser “escurridizo” y “múltiple” (Nussbaum 1995, 251). La mejor manera de definir la objetivación, si es que podemos definirla, y si esta noción debería limitarse a describir lo moralmente objetable, o ampliarse para abarcar aspectos benignos y/o positivos de la forma en la que nos vemos y nos tratamos entre personas en nuestra vida cotidiana, es un debate constante. Gran parte de los trabajos feministas recientes se han dedicado a realizar análisis filosóficos exhaustivos de la objetivación, que esperamos que conduzcan a una comprensión más completa y coherente de esta noción.

 

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Publicado por primera vez el miércoles 10 de marzo de 2010; revisión sustantiva el lunes 16 de diciembre de 2019.

Publicación actual: primavera 2020.

Traducción: Eloy Neira Riquelme.

Link al SEP: https://plato.stanford.edu/archives/spr2020/entries/feminism-objectification/

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