Bioética feminista
Anne Donchin y Jackie Scully
2022
A medida que académicas y activistas feministas comenzaron a dirigir su atención al campo en rápida expansión de la bioética en la segunda mitad del siglo XX, la bioética feminista empezó a emerger como una nueva área de interés académico. Utilizando los recursos de la filosofía feminista, la teoría social y campos afines, las feministas han criticado y ampliado los marcos predominantes de la bioética tradicional. Este artículo examina las críticas feministas a la bioética convencional y narra la evolución y el crecimiento de la bioética feminista, considerando las áreas de investigación y activismo que la han nutrido; su consolidación como un subcampo académico distintivo; sus contribuciones al análisis de cuestiones bioéticas sustantivas, a la teoría y metodología bioética; así como los ámbitos actuales, emergentes y futuros de actividad.
Índice
1. Orígenes de la bioética feminista
1.1. El desarrollo de la bioética como disciplina académica
1.2. Surgimiento y primeros años de la bioética feminista
2. Difusión de la bioética feminista
2.1. Rutas iniciales
2.2. La Red Internacional de Enfoques Feministas de la Bioética (FAB, por sus siglas en inglés) y la Revista Internacional de Enfoques Feministas de la Bioética (IJFAB, por sus siglas en inglés)
3. Algunas consideraciones sustanciales
3.1. Reproducción, medicina reproductiva y tecnologías de reproducción asistida
3.2. Cuidado familiar y social
3.3. Salud pública
3.4. Discapacidad y corporalidad
3.5. Psiquiatría y salud mental
4. Perspectivas de la teoría bioética
4.1. Panorama general
4.2. Ética del cuidado
4.3. Autonomía
5. Metodologías feministas
6. El horizonte en expansión y el futuro
6.1. Expansión temática
6.2. Alcance mundial
6.3. ¿Pérdida del filo radical?
1. Orígenes de la bioética feminista
1.1. El desarrollo de la bioética como disciplina académica
Tanto la bioética como el feminismo de la segunda ola cobraron impulso de forma independiente durante la década de 1960, una época crucial para la transformación social en muchos lugares del mundo. Algo que podría denominarse el “movimiento” de la bioética se desencadenó por primera vez a raíz de la protesta generalizada contra los abusos flagrantes de la autoridad médica, como los experimentos de los médicos nazis con presos de los campos de concentración que no dieron su consentimiento, lo que dio lugar al Juicio a los Médicos de Núremberg en 1946 (Weindling 2004), y el Estudio de la Sífilis de Tuskegee, un estudio de cuarenta años realizado con hombres negros pobres con sífilis no tratada en el sur profundo de Estados Unidos (Reverby 2009). En las décadas transcurridas desde entonces, la bioética ha florecido hasta convertirse en un campo interdisciplinar que se nutre de un conjunto de disciplinas académicas interrelacionadas, como la filosofía, la teología, el derecho, la medicina y las ciencias sociales y biológicas, las cuales —sobre todo en Estados Unidos— se ha profesionalizado enormemente. La bioética ha generado una ingente bibliografía que abarca un amplio abanico de problemas morales que emergen en la investigación biomédica y en las ciencias de la vida, en las profesiones sanitarias y en las instituciones y organismos que prestan servicios sanitarios. De manera creciente, su ámbito va más allá de lo que tradicionalmente se consideran temas médicos hasta incluir cuestiones de salud pública y áreas de asistencia social que interactúan con las ciencias médicas y de la vida. Su alcance se extiende desde el comienzo hasta el final de la vida humana, pasando por áreas de la biología y la genética de las que se nutre la medicina, hasta la investigación que pretende ampliar la base de conocimientos de la medicina; y muchos bioeticistas contemporáneos se interesan también por las repercusiones sociales de las ciencias de la vida en general. En algunos países, estos profesionales gozan también de un considerable prestigio. Algunos forman parte de grupos de políticas públicas y facultades de medicina, y otros han sido contratados como consultores por la industria. Las conferencias presentan los temas de esta disciplina a los nuevos estudiosos y difunden los conocimientos bioéticos más recientes. Muchas organizaciones profesionales médicas y de la salud exigen formación en bioética para otorgar una certificación, mientras que la normatividad de Estados Unidos y otros países exigen ahora que las facultades de medicina incluyan la ética de la investigación en sus planes de estudio. Algunos bioeticistas se han convertido incluso en celebridades mediáticas.
Y a medida que el campo de la bioética se ha profesionalizado y diversificado, han surgido interrogantes sobre su orientación y temas de concentración. A pesar de su atención inicial a los casos de explotación y abuso, algunos críticos han detectado un creciente conservadurismo en la bioética que desatiende las preocupaciones de los grupos marginados. Estos críticos sostienen que, con la institucionalización, la bioética está perdiendo de vista sus orígenes radicales (Holmes 1999; Purdy 2001; Eckenwiler y Cohn 2007). Los bioeticistas tienden a enmarcar las cuestiones y a formular teorías desde el punto de vista de grupos sociales y profesionales privilegiados, incluso en las regiones en desarrollo del mundo, ya que los bioeticistas locales buscan participar en el prestigio de la medicina de alta tecnología (Salles y Bertomeu 2002; Luna 2006). Durante la década de 1980, las feministas en particular argumentaron que la bioética se estaba desarrollando de una manera que prestaba muy poca atención a las disparidades específicas de género en la investigación sobre temas de salud y las respectivas terapias, o a los efectos de otras disparidades de poder, como las consideraciones de clase y de origen étnico, en la calidad de la atención de la salud.
1.2. Surgimiento y primeros años de la bioética feminista
Hacia principios de la década de 1990, la bioética feminista había surgido como una especialidad académica que ofrecía una crítica sostenida a la bioética dominante. Estas críticas evolucionaron a partir de varias corrientes de influencia. Una fue el movimiento por la salud de las mujeres de finales del siglo XX. En los primeros años del feminismo de la segunda ola, las feministas activistas dirigieron su atención a ámbitos de la atención de la salud en los que los intereses de las mujeres eran más evidentes y, sin embargo, estaban gravemente desatendidos: el acceso al control de la natalidad y el aborto, el embarazo y el control de las representaciones de la sexualidad femenina. Los movimientos de protesta de la década de 1960 y la toma de conciencia de la creciente medicalización y mercantilización del cuerpo de la mujer reavivaron la preocupación por los prejuicios sexistas en la investigación y la práctica médicas. El reconocimiento público de la generalizada y, hay que decirlo, continua, infrarrepresentación de las mujeres en los ensayos clínicos acrecentó ese clima (Baylis, Downie y Sherwin 1999). Las feministas hicieron campañas sobre cuestiones clínicas con relevancia directa para la biología de las mujeres: para que se investigara más sobre el cáncer de mama, para que los métodos anticonceptivos fueran más asequibles y baratos, para que se investigara más sobre la fisiología de la menopausia y para que se evitaran intervenciones quirúrgicas innecesarias (por ejemplo, histerectomías, cesáreas, mastectomías radicales) cuando hubiese otras opciones. Estas campañas contaron con el respaldo de varios grupos de apoyo en Estados Unidos, Reino Unido y otros países, y más tarde el de varios movimientos mundiales por la salud de la mujer. Estos grupos y movimientos lucharon por sensibilizar a la opinión pública sobre los problemas de salud de la mujer, influir en la política nacional de salud y servir de contrapeso a las prioridades de la medicina profesional y la industria farmacéutica.
Al comprometerse con estas preocupaciones del activismo, las feministas se basaron en la literatura de finales del siglo XX sobre la teoría moral y social feminista que utiliza el sexo, el género y otras características marginales como categorías de análisis vinculadas a las relaciones de poder en la vida pública y privada (el artículo “Feminist Ethics” de Alison Jaggar publicado en la Encyclopedia of Ethics (2001) ofrece un excelente resumen de muchas de las características esenciales del feminismo de la segunda ola que influyeron en la bioética feminista). Esta investigación llamó la atención sobre la necesidad de contar con una base teórica que sirviera de marco a las estrategias prácticas dirigidas a reducir las prácticas opresivas en la medicina y la atención de la salud. El surgimiento de la bioética feminista debe entenderse en este contexto de atención a las cuestiones prácticas, en combinación con el ímpetu para ofrecer una base conceptual para el análisis y, en última instancia, la reforma. En la actualidad, las feministas que trabajan en bioética hablan con muchas y diversas voces, lo que refleja su dispar posicionamiento social y formación académica, así como el nuevo alcance mundial del campo. No obstante, comparten rasgos comunes significativos, tanto en sus críticas a las estructuras dominantes como en sus esfuerzos por construir un marco más adecuado que responda a la diversidad de las circunstancias de las mujeres y otros grupos. Al hacerlo, llaman la atención sobre voces desatendidas que rara vez están representadas en la bioética dominante. En particular, el discurso feminista pone de relieve el modo en el que las clasificaciones jerárquicas que categorizan a las personas por sexo, raza, etnicidad, edad, discapacidad o susceptibilidad a enfermedades genéticas pueden perpetuar prácticas injustas en la asistencia social y de la salud, la investigación y la salud pública. Algunas feministas integran el análisis interdisciplinar de los marcos estructurales y sociales que dividen y marginan a las personas con aportes del movimiento por la salud de las mujeres, otras concentran su análisis en un eje específico de prácticas opresivas, pero todas reconocen las interrelaciones entre dichas prácticas.
La crítica feminista aborda también la teoría fundamental de la bioética predominante. Las bioeticistas feministas han observado deficiencias sistémicas en el marco explicativo que fundamenta el análisis bioético de la investigación y las prácticas clínicas y, cada vez más, también de las medidas de salud pública. Las críticas apuntan tanto al carácter abstracto de gran parte de la teoría bioética como a la falta de atención a componentes clave de la moralidad, tales como los contextos que enmarcan la asistencia de la salud y las redes relacionales que sirven de base para la toma de decisiones de los pacientes. La tendencia a fundamentar la teoría en un conjunto de principios abstractos que solo se aplican posteriormente a problemas prácticos, facilita que se ignoren particularidades relevantes desde el punto de vista (bio)ético, como la carga desigual que soportan las mujeres en virtud de sus funciones convencionales de reproducción y crianza, o las desigualdades entre grupos sociales y económicos. Por último, algunas teóricas feministas están desarrollando metodologías alternativas para remediar las deficiencias epistemológicas del modelo de razonamiento bioético predominante.
2. Difusión de la bioética feminista
2.1. Rutas iniciales
En la década de 1980, la bioética como disciplina estaba creciendo, proliferaban los cursos y se ampliaba el mercado de textos de bioética, pero persistía la marginación de las perspectivas feministas tanto en los textos de los cursos como en las revistas especializadas. En los textos principales, los ensayos de feministas se limitaban principalmente al tratamiento de cuestiones reproductivas como el aborto y las relaciones maternofetales. Al principio se prestó menos atención a las interconexiones entre estas cuestiones y otros problemas bioéticos más generalizados, como los límites de la autoridad del médico, los conflictos entre los intereses comerciales y el bienestar del paciente, o la combinación de valores morales y médicos. En esas primeras épocas también empezaron a aparecer comentarios feministas sobre intervenciones reproductivas innovadoras (por ejemplo, Arditti, Klein y Minden 1984; Corea 1985; Stanworth 1987; Rapp 2000). En 1992 se publicó una recopilación de artículos publicados previamente en la revista Hypatia bajo el título Feminist Perspectives in Medical Ethics (Holmes y Purdy 1992). Susan Sherwin publicó No Longer Patient: Feminist Ethics and Health Care, el primer tratado en forma de libro de la teoría bioética feminista (1992). Con el fin de llamar la atención sobre la falta de atención a las perspectivas feministas, Susan Wolf emprendió un proyecto en el Hastings Center que dio lugar a la antología Feminism and Bioethics: Beyond Reproduction (1996). Esta colección incorpora perspectivas feministas sobre muchas cuestiones que rara vez se habían tratado en los textos universitarios habituales, como la infrarrepresentación de las mujeres en la investigación médica, la omnipresente influencia de la concepción individualista abstracta de la autonomía personal y las representaciones estigmatizantes de las mujeres seropositivas. Casi al mismo tiempo, Susan Bordo (1993) y Mary Mahowald (1993) publicaron sendos volúmenes en los que criticaban las actitudes médicas y culturales hacia el cuerpo de la mujer. The Rejected Body (1996) de Susan Wendell profundiza en este tema e integra las experiencias de las personas discapacitadas en los debates sobre la vida corporal. Otro hito en el desarrollo de la bioética feminista fue la publicación de Rosemary Tong Feminist Approaches to Bioethics: Theoretical Reflections and Practical Applications (1997).
Poco a poco, las principales revistas y organizaciones de bioética empezaron a reconocer los planteamientos feministas. Varias revistas publicaron números especiales de especialistas feministas sobre temas como el SIDA, la reconfiguración del principio de autonomía, las cuestiones de género en psiquiatría y las dimensiones globales de la bioética feminista. Los congresos de bioética en varios países empezaron a programar sesiones en las que se abordaban explícitamente enfoques y temas feministas, y se incluyó a más feministas en el programa general, al tiempo que se ampliaba el mercado de textos didácticos más favorables al feminismo y las editoriales respondían a él (véanse, e.g., Teays y Purdy 2001; Fulford, Dickenson y Murray 2002; Baylis, Downie, Hoffmaster y Sherwin 2004; Singer y Viens 2008). Estos y otros esfuerzos similares dieron lugar a la aparición de escritos feministas sobre una creciente diversidad de temas sustanciales en revistas y antologías de bioética. Las críticas feministas a la teoría bioética también adquirieron cierta vigencia, aunque tendían a clasificarse entre los enfoques “alternativos” (junto con el comunitarismo, la casuística y la ética del cuidado). Así pues, las prioridades de atención de la salud de las mujeres y otros grupos desatendidos seguían recibiendo una atención bioética desproporcionadamente escasa. Y a pesar de estos avances, persistía la preocupación porque las feministas estaban poco representadas en los paneles gubernamentales que formulaban las políticas públicas. Sherwin y Baylis (2003) destacaron la importancia estratégica de la participación feminista en la formulación de políticas para corregir las injusticias y promover opciones políticas más equitativas, mientras que otras feministas han subrayado la necesidad de replantear las políticas públicas y la investigación que las sustenta para incluir el impacto social de los prejuicios de género y de otro tipo (Rogers 2006; Mahowald 2006).
2.2. La Red Internacional de Enfoques Feministas de la Bioética (FAB, por sus siglas en inglés) y la Revista Internacional de Enfoques Feministas de la Bioética (IJFAB, por sus siglas en inglés)
Coincidiendo con la aparición de un conjunto importante de estudios sobre bioética feminista, en 1993 se fundó la Red Internacional sobre Enfoques Feministas de la Bioética (FAB, por sus siglas en inglés) para proporcionar un foro acogedor a las feministas que trabajan en este campo, fomentar el intercambio internacional e influir en la agenda de la bioética predominante. La FAB pretende fomentar el desarrollo de una teoría de la bioética más integradora tanto a nivel académico como de base. Tres objetivos han sido fundamentales: la ampliación de la teoría bioética para integrar las preocupaciones feministas; el desarrollo de la teoría para incluir el análisis no solo de género, sino también de clase, etnicidad y otras categorías sociales; y la creación de nuevas estrategias y metodologías que incluyan experiencias y perspectivas socialmente marginadas. La articulación de estos objetivos representa un esfuerzo por sistematizar los puntos en común predominantes entre las feministas que trabajan en este campo y estimular una mayor colaboración. El enfoque central de la FAB incluye la adaptación de los fundamentos teóricos de la bioética para reflejar más plenamente los componentes clave de la vida moral, incluidas las diferencias de poder que estructuran las relaciones médico/paciente e investigador/sujeto, la influencia de relaciones sociales e institucionales más amplias y las perspectivas transculturales sobre cuestiones bioéticas que reflejan las intersecciones entre tecnologías específicas y las estructuras sociales, políticas y económicas en las que se insertan.
A partir de 1996, la FAB ha celebrado su propio Congreso cada dos años, normalmente justo antes del Congreso Mundial de Bioética (WCB, por sus siglas en inglés) organizado por la Asociación Internacional de Bioética, donde se abordan temas relacionados con el tema del WCB pero dándoles un enfoque especialmente feminista. Las ponencias presentadas en estos congresos se han publicado en cuatro antologías (Donchin y Purdy 1999; Tong, Anderson y Santos 2001; Tong, Donchin y Dodds 2004; Scully, Baldwin-Ragaven y Fitzpatrick 2010), mientras que otro volumen centrado en los enfoques posmodernos incluye una selección de ponencias del congreso de la FAB del año 2000 (Shildrick y Mykitiuk 2005).
Para fomentar más trabajos sobre bioética feminista y difundirlos más ampliamente, en 2007 la FAB creó su propia revista, International Journal of Feminist Approaches to Bioethics (IJFAB). La IJFAB ha constituido un nuevo foro dentro de la bioética para el pensamiento y el debate feministas. Actualmente se publica semestralmente, y el número inicial “Doing Feminist Bioethics” apareció en la primavera de 2008. La IJFAB invita a presentar cualquier problema o tema de bioética desde los recursos de la reflexión feminista para sus números abiertos, y alienta las propuestas de números temáticos especiales que han cubierto temas como la ética de la investigación, las cuestiones éticas en psiquiatría, el envejecimiento y la atención a largo plazo, la discapacidad, la vulnerabilidad, los viajes reproductivos transnacionales, la ética alimentaria, la aptitud física y el cambio climático. La IJFAB también invita a presentar comentarios individuales o conversaciones entre grupos de especialistas sobre problemas contemporáneos de la bioética, así como artículos personales que arrojen luz sobre temas de bioética. Desde sus inicios, la IJFAB se ha comprometido a ampliar el campo de la bioética más allá de un enfoque centrado en la ciencia y la tecnología para incluir la atención a la salud pública y los determinantes sociales de la salud, así como cuestiones más amplias como la alimentación, el medio ambiente, el trabajo o la globalización, que están directamente relacionadas con la salud de la comunidad.
En las siguientes secciones este artículo pasa a considerar aspectos sustantivos abordados por la bioética feminista; la obra bioético-feminista sobre la teoría bioética; y las contribuciones feministas a la metodología bioética.
3. Algunas consideraciones sustanciales
Lo que sigue no pretende ser una lista exhaustiva de temas sustanciales, pasados y presentes, de la bioética feminista, sino más bien una referencia a algunas áreas de interés centrales y de larga data, a las orientaciones que podrían seguir y a ejemplos de áreas en las que la bioética feminista ha aportado una perspectiva nueva y, sostendrían las feministas, valiosa.
3.1. Reproducción, medicina reproductiva y tecnologías de reproducción asistida
Los primeros años de la bioética feminista estuvieron dominados por un enfoque centrado en las cuestiones reproductivas, las cuales se consideraban de especial relevancia para las mujeres y constituyen un ámbito de la vida en el que las mujeres suelen estar discriminadas y oprimidas. Este enfoque es comprensible, entre otras cosas porque a menudo es más fácil para los bioeticistas no feministas considerar “feministas” las cuestiones reproductivas simplemente por el hecho de que, tanto biológica como socialmente, tienden a afectar más a las mujeres que a los hombres. Sin embargo, es importante darse cuenta de que los primeros trabajos sobre el aborto, la maternidad subrogada o la concepción asistida se identifican como feministas no solo porque abordan cuestiones que reflejan los intereses de las mujeres, sino porque un marco feminista aportó un enfoque distintivo al examen de la medicina reproductiva y la concepción asistida: distintivo no solo por adoptar la perspectiva experiencial de las mujeres en lugar de la de los hombres, sino también en términos analíticos por considerar las diferencias de poder estructurales e interpersonales que conforman tanto la experiencia como la aplicación de estas tecnologías en muchas sociedades y culturas diferentes de todo el mundo. Por ejemplo, varias autoras han criticado la dicotomización excesivamente simplificada entre los lemas populares “pro-vida” y “pro-elección” en el debate sobre el aborto (Sherwin 2008; Tooley et al. 2009). Una idea clave de la bioética feminista es que, dado que las mujeres sobrellevan una parte desproporcionada de las cargas y riesgos asociados, las nuevas tecnologías reproductivas no son género neutrales, un hecho que con frecuencia se ignora en los debates sobre la ética de la reproducción asistida.
Persiste la evaluación de las implicancias sociales y éticas de las innovaciones en la medicina reproductiva, y es cada vez más compleja dada la proliferación de técnicas para generar, probar y manipular embriones (por ejemplo, Gupta 2000; Shanley 2001; Kukla 2005; Mullin 2005; Harwood 2007; el número de Bioética sobre autonomía reproductiva editado por Carolyn McLeod 2009; Baylis y McLeod 2014). Dos preocupaciones siguen siendo primordiales: que la disponibilidad de pruebas genéticas y tecnologías de cribado en el contexto de la medicina reproductiva ejerza presión sobre las mujeres (y los hombres) para que utilicen técnicas prenatales para producir solo niñas y niños “perfectas/os” (Rapp 2000; Rothman 2001) y que, a medida que sea más fácil identificar deficiencias prenatales y evitar el nacimiento de niñas y niños con esas deficiencias, aumente el estigma que sufren las niñas y los niños con condiciones físicas especiales y sus familias. Las autoras expresan su preocupación porque el futuro desarrollo de técnicas de “perfeccionamiento”, ya sean genéticas o de otro tipo, exacerbe estas tendencias y plantee una amenaza aún mayor para la igualdad social, al margen de los beneficios que puedan ofrecer para la salud. Muchas de estas cuestiones se solapan con otras, como el impacto de las responsabilidades del cuidado en las personas cuidadoras y el efecto de determinadas políticas económicas en los grupos socialmente marginados.
Más allá de los temas reproductivos per se, la bioética feminista ha contribuido de forma significativa y distintiva al análisis bioético de la donación de tejidos reproductivos ya sea para la investigación o con fines reproductivos. La visión de la bioética feminista sobre la política del uso de óvulos, embriones y otros tejidos reproductivos en la medicina y la investigación, incluida la investigación con células madre, un tema clave en el panorama bioético de la última década, abre preguntas sobre la posible explotación de las mujeres y los cuerpos de las mujeres —y el significado de “explotación” en mundos complejos en los que la terapia y la investigación se superponen (Nisker et al. 2010; Tremain 2006)—. En particular, Donna Dickenson (2007) destaca por su extenso trabajo sobre la propiedad y la titularidad del cuerpo y las partes del cuerpo, al igual que Cathy Waldby por su examen de la economía global de los tejidos reproductivos (Waldby y Mitchell 2006; Cooper y Waldby 2014).
3.2. Cuidado familiar y social
Otro ámbito de gran interés bioético feminista es la interacción entre la medicina, la situación de salud y el cuidado familiar y social. Las bioeticistas feministas han argumentado que existen cuestiones legítimas que plantearse sobre el alcance y la justificación de las reivindicaciones acerca de las formas de cuidado ofrecidas, y el equilibrio entre los proveedores individuales, familiares, estatales y comerciales de asistencia médica y social. Estas cuestiones se están planteando en términos más generales en la bioética predominante, impulsadas por los cambios a largo plazo en la configuración de la vida familiar en las distintas sociedades y, en consecuencia, en la forma en las que las familias interactúan con la asistencia médica y social. Al mismo tiempo, los cambios demográficos que conducen al aumento de la longevidad de la población se combinan con fuerzas económicas y políticas para promover la reducción de las estructuras de salud y bienestar en muchos países occidentales. Como resultado, las responsabilidades de los cuidados recaen cada vez más en las familias e implícitamente en las estructuras familiares tradicionales en las que se supone que la responsabilidad del cuidado de los miembros dependientes recae en las mujeres de la familia. Las críticas feministas han presionado tanto por las consideraciones empíricas como normativas de las responsabilidades familiares frente a las sociales en los ámbitos de la salud y otras formas de cuidado, y has planteado preguntas críticas sobre cómo estas responsabilidades llegan a existir y son puestas en acción en una serie de situaciones. En 2011, un grupo destacado de especialistas, tanto feministas como de otros campos, crearon un consorcio internacional, la Network of Ethics of Families, con el objetivo específico de proporcionar un marco ético teórico más sólido en este ámbito (Verkerk et al. 2014).
Las académicas feministas también han pedido una mayor claridad sobre el significado del trabajo de cuidado (o, a veces, de dependencia) y quién lo realiza, y han advertido contra la confusión de los tipos de cuidados realizados por enfermeras, auxiliares de enfermería, personal de ayuda a domicilio y miembros de la familia, e igualmente contra la invisibilidad del trabajo de cuidado no remunerado proporcionado por familiares en comparación con el mundo del trabajo de cuidado (relativamente mal remunerado). Teniendo en cuenta la naturaleza de género de gran parte del trabajo de cuidado a largo plazo, una serie de bioeticistas feministas (Tong 2009; Lanoix 2013a, b) han estado examinando la ética de los acuerdos nacionales e internacionales de cuidado de la niñez, ancianidad y personas con enfermedades crónicas, y el desarrollo asociado del trabajo de cuidado de migrantes internacionales (Weir 2008; Eckenwiler 2011, 2013).
3.3. Salud pública
La bioética ha sido sobre todo testigo de una explosión de interés por la ética de la salud pública, distinta de las cuestiones éticas de carácter más clínico que dominaron el campo en sus primeras décadas. En muchos sentidos, las perspectivas centrales y las preocupaciones actuales de la ética de la salud pública fueron previstas desde hace mucho tiempo por los movimientos feministas de atención de la salud y la bioética feminista. La ética de la salud pública se ocupa de las múltiples actividades de la salud pública llevadas a cabo por una serie de profesionales y agentes de la salud, y se ocupa necesariamente de las desigualdades sanitarias tanto a escala nacional como mundial, de cómo operan y de cómo pueden minimizarse o erradicarse en la salud pública, pero también, y esto es crucial, aportando en primer lugar una perspectiva más amplia que incluye el interés por cómo se producen estas desigualdades. Como señala Rogers,
un enfoque feminista nos lleva a examinar no solo las conexiones entre género, desventaja y salud, sino también la distribución del poder en los procesos de la salud pública, desde la elaboración de políticas hasta la ejecución de los programas. (Rogers 2006: 351; Baylis, Kenny y Sherwin 2008)
El creciente interés por la ética de la investigación dedicada a la salud pública en general ha dado lugar también a algunos trabajos centrados específicamente en los intereses y las vulnerabilidades de las mujeres (e.g., Macklin 2011).
3.4. Discapacidad y corporalidad
A principios del siglo XXI, el compromiso de la bioética feminista con las cuestiones relacionadas con la corporeización y, en particular, con la discapacidad, ha sido especialmente intenso y fructífero. Tal como señalan Baldwin-Ragaven y Scully (2010), la bioética feminista ha abordado necesariamente un debate de larga data sobre lo que significa bioéticamente tener/ser un cuerpo “no-estándar”, dado que el cuerpo femenino ha sido visto generalmente como no-estándar dentro de los contextos biomédico y bioético. La investigación feminista en temas bioéticos en ocasiones se ha superpuesto a la creciente presencia de académicas feministas dedicadas al tema de la discapacidad, muchas de las cuales escriben sobre la discapacidad como una forma de exclusión social corporeizada que puede intersectarse o sinergizarse con el género. Este compromiso ha producido un conjunto de trabajos que problematizan la interpretación del cuerpo discapacitado en la bioética como un problema que debe resolverse por medios biomédicos y para el que las cuestiones bioéticas clave tienen que ver con la regulación de las tecnologías que pueden aplicarse para prevenir o curar la discapacidad (Silvers, Wasserman y Mahowald 1998; Fine y Asch 1988; Parens y Asch 2000; Wong 2002; Tremain 2005; Scully 2008; Ho 2011; Hall 2011). En 2010 apareció un número especial de la IJFAB sobre discapacidad (volumen 3, número 2). Se ha dado también un nutrido trabajo teórico sobre las expectativas sociales y culturales de la normalidad, y las decisiones políticas que se toman en el ámbito de la prevención y el apoyo a las personas con discapacidad, a lo que ha contribuido el debate feminista sobre las normas de la dependencia (Kittay 1999) y la vulnerabilidad (Scully 2014).
Un enfoque diferente sobre la corporeización es el que proporciona el creciente corpus de trabajos feministas sobre la medicalización, en particular la medicalización de corporeidades o estados corporales no estándar y su clasificación como patologías, y las cuestiones de autonomía y elección que plantea dicha medicalización (Purdy 2001, 2006; Garry 2001). Entre las feministas que escriben sobre este tema se encuentran Alison Reiheld (2010) y Laura Guidry-Grimes y Elizabeth Victor (2012). La patologización del cuerpo obeso y su relación con el estigma de la gordura y los estándares culturales de belleza se ha debatido ampliamente en el blog de la IJFAB, mientras que otros focos de atención son la medicalización de la intersexualidad (M. Holmes 2008; Feder 2014) y de los estados alterados de conciencia (Harbin 2014). La bioética feminista también ha generado un número creciente de trabajos sobre la corporeidad transexual (Draper y Evans 2006; J.L. Nelson 2014),
3.5. Psiquiatría y salud mental
Dada una historia en la que las voces y experiencias de las mujeres han sido frecuentemente descartadas como “locas”, quizá no sorprenda que la bioética feminista también haya sido pionera en el examen ético crítico de las cuestiones de salud mental, en particular del papel de la psiquiatría y su tratamiento de las mujeres. Resulta revelador que ya en 2001 la revista Journal of Medicine and Philosophy publicara un número especial dedicado a la bioética feminista, el cual contenía algunos artículos clave sobre cuestiones psiquiátricas (volumen 26, número 4). En un número especial de la IJFAB (volumen 4, número 1, 2011) varias autoras examinaron temas de salud mental y enfermedad. Una vez más, este escrutinio no es exclusivo de la bioética feminista; lo que es distintivo es la forma en la que estas temáticas se refractan a través de un lente feminista que presta mucha atención a las espinosas cuestiones del poder, la autoridad y el silenciamiento de las voces anómalas. Especialmente pertinente en este ámbito es la cuestión del poder epistémico —los juicios sobre la validez de las experiencias subjetivas, los síntomas o las percepciones que pueden estar fuera de la norma—, con especial atención al poder de instancias como el Manual de Diagnóstico y Estadística (DSM, por sus siglas en inglés) y lo que algunos críticos consideran una inversión problemática de la industria farmacéutica en la medicalización del sufrimiento de las personas.
4. Perspectivas de la teoría bioética
4.1. Panorama general
Como ilustra el análisis anterior, las feministas han participado en el debate académico de prácticamente la mayoría de los principales temas de la bioética. Sus contribuciones se distinguen, entre otras cosas, por la relación fundamental de la investigación feminista con el activismo, lo que significa que el tratamiento académico de estos temas se basa en una crítica de las normas y condiciones de fondo que producen injusticias observables y persistentes en la medicina y la atención de la salud. Esta es una de las razones por las que la teoría bioética feminista tiende a tener una orientación práctica. Sus opiniones críticas se refieren sobre todo a la idoneidad de la teoría bioética dominante, que hace hincapié en principios morales universales enmarcados de forma abstracta, individualista y aislada del contexto (el ejemplo más citado de este marco teórico es Principles of Biomedical Ethics, de Beauchamp y Childress). Aunque algunas voces feministas críticas se oponen a cualquier intento de formulación de principios universales, la mayoría son más circunscritas y se dirigen principalmente contra los marcos teóricos que presuponen un sujeto individual genérico que es abstracto, descorporeizado y socialmente desvinculado, de una manera que ha permitido que se ignoren particularidades moralmente relevantes y que se privilegie la perspectiva de una élite, mayoritariamente masculina en términos históricos (Walker 2008). Las críticas feministas señalan que esta orientación teórica suele tener como consecuencia la justificación del status quo imperante, inhibiendo así cualquier consideración real del cambio social.
Los planteamientos teóricos de la bioética feminista también adoptan algunos enfoques distintivos acerca de la ontología y la epistemología que desafían las posturas filosóficas tradicionales sobre el modo en el que se emplean el conocimiento, la subjetividad y la agencia moral dentro del discurso ético. La búsqueda de una base moral más satisfactoria para la bioética ha conducido a las feministas en varias direcciones. Algunas son partidarias de prescindir por completo de los principios y de reconstituir la bioética mediante la interpretación de las narrativas de casos específicos, en la línea de Nel Noddings (1984) y sus seguidores. Otras, sin llegar tan lejos, están convencidas de que los enfoques narrativos tienen aplicaciones útiles en bioética (por ejemplo, H.L. Nelson 2001). Sin embargo, otras han criticado el enfoque universal abstracto de la construcción de teorías desde la perspectiva del pensamiento europeo (e.g., Mary Rawlinson 2001); al señalar las marcas masculinas del sujeto humano supuestamente genérico en la filosofía, censuran el fracaso de los supuestos universalistas a la hora de reconocer las particularidades de las condiciones dispares de las mujeres. Otros grupos de feministas se han aventurado por las diferentes vías de la teoría postestructuralista y postmoderna, por un lado (Shildrick 1997; Shildrick y Mykitiuk 2005), y del particularismo (Little 2001), por otro, para cuestionar otros tipos de pretensión de universalidad. No obstante, otras feministas piensan que un marco que incorpore principios universales puede y debe seguir constituyendo una dimensión de una teoría bioética adecuada, siempre que estos principios se formulen en términos no excluyentes y que reflejen el contexto relacional y las realidades empíricas de las vidas individuales. Dos áreas distintas y distintivas de contribución a la teoría por parte de la bioética feminista son la ética del cuidado y la conceptualización de la autonomía.
4.2. Ética del cuidado
A partir del trabajo de la psicóloga feminista Carol Gilligan (1982) y la proliferación de estudios impulsados por sus ideas, las teóricas del cuidado han hecho hincapié en los patrones de razonamiento moral supuestamente característicos de las mujeres —razonamiento que da prioridad al cuidado, las relaciones y las responsabilidades— y los han contrapuesto a los modos de razonamiento que privilegian la justicia y los derechos, y que Gilligan y sus seguidoras han considerado más característicos de los hombres. (Sin embargo, cabe señalar que los ribetes del cuidado y la justicia en esta obra han sido cuestionados por quienes consideran que la diferencia tiene más que ver con las formas de razonamiento moral movilizadas por los grupos social y políticamente marginados, siendo las mujeres uno de ellos: véase, e.g., Cortese 1990). Las teóricas del cuidado desconfían de los principios morales tradicionales y enfatizan la necesidad de valores como el amor, el cuidado y la responsabilidad para captar las sutilezas contextuales y los vínculos relacionales que se pasan por alto en los marcos éticos orientados a los principios.
Tanto las feministas como otras personas han expresado sus dudas sobre la capacidad de una ética basada únicamente en el cuidado para abordar algunas de las preocupaciones de la bioética feminista. La primera antología que analizó esta controversia, Women and Moral Theory, yuxtaponía a algunas de las principales teóricas del cuidado con críticas que cuestionan la importancia de una moral diferenciada por sexos y su relevancia para las cuestiones políticas y jurídicas (Kittay y Meyers 1987). Las opiniones críticas reconocen que deben tenerse en cuenta las estructuras sociales basadas en el género, pero se oponen a la distinción entre “voces” masculinas y feministas implícita en la orientación de Gilligan. En su obra de 1992, No Longer Patient: Feminist Ethics and Health Care, Susan Sherwin amplía esta crítica de la ética del cuidado, y argumenta que sus defensoras no solo han acomodado con demasiada facilidad una tradición que considera que el carácter de las mujeres es siempre y esencialmente diferente al de los hombres, sino que la orientación del cuidado carece de una perspectiva política manifiesta que pueda dar cuenta adecuadamente de —y desestabilizar— los patrones de dominación y opresión que afectan a las mujeres. Muchas otras feministas han expresado reservas que coinciden con las preocupaciones de Sherwin en este punto, como Bartky (1990), H.L. Nelson (1992), Kuhse (1995) y Gould (1998).
En un artículo de 1996 titulado “Rehabilitating Care”, Alisa Carse y Hilde Lindemann Nelson intentaron responder a las principales críticas a la ética del cuidado con el argumento de que existen recursos dentro de la ética del cuidado que pueden abordar cada uno de los principales problemas observados por las críticas y que pueden ayudar a desarrollar la ética de forma más completa. Esta reformulación ha continuado desde entonces, a medida que las feministas que apoyan algunas dimensiones de la teoría del cuidado integran estas características en un marco moral más amplio que presta una seria atención a las cuestiones de justicia (Noddings 2002; Ruddick 1989; Held 1993, 1995, 2006), logrando que la ética del cuidado vaya más allá de los problemas interpersonales y se centre en cuestiones sociales y políticas que requieren un tratamiento más generalizado. Por ejemplo, Kittay y otros llaman la atención sobre las dimensiones universales de la dependencia. Se centran en el prestigio desproporcionado que se concede a la medicina de alta tecnología y el bajo estatus que se otorga al trabajo más mundano que proporciona los cuidados necesarios a personas enfermas, ancianas y discapacitadas (Kittay 1999; Kittay y Feder 2002; Eckenwiler 2014). Aunque los valores del cuidado cuentan mucho a la hora de prestar una asistencia de salud de calidad, las tareas de cuidado de la medicina suelen degradarse a “asuntos domésticos” que despiertan poco interés y aún menos remuneración, mientras que los “asuntos de crisis” dominan la atención teórica y, en la práctica, recompensan bastante mejor a sus profesionales. En trabajos posteriores se ha seguido prestando atención a esta situación, sobre todo en lo que afecta a quienes requieren cuidados prolongados. No Place Like Home: Feminist Ethics and Home Health Care (2003), de Jennifer Parks, y la antología Ethical Issues in Home Health Care (2002), de Rosalind Ladd et al., abordan cuestiones de excepcional importancia para el bienestar de las personas mayores y discapacitadas, incorporando en su elaboración gran parte del trabajo feminista reciente sobre justicia y cuidados. En los años transcurridos desde entonces, las necesidades de cuidados de una población longeva no han hecho sino aumentar en la mayor parte del mundo. En respuesta, la IJFAB dedicó un número especial al envejecimiento y los cuidados de largo plazo (volumen 6, número 2, 2013), que incluye artículos clave de Lanoix, Kittay, Tong, Martha Holstein y otros (todos de 2013).
Los trabajos relacionados con el cuidado se han ramificado en varias direcciones. La antología Socializing Care se basa en el llamamiento de Joan Tronto en 1993 en favor de una teoría política que integre la práctica de los cuidados entre las cualidades necesarias para que los ciudadanos democráticos convivan bien en una sociedad pluralista (Hamington y Miller 2006). Las autoras de esta antología subrayan los desequilibrios de poder inherentes a las recientes tendencias a privatizar los cuidados y la necesidad de una ética pública de los cuidados. Otras han aplicado la teoría de los cuidados a la ética de la enfermería (e.g., Kuhse 1997). Ruth Groenhout (2004) y Susan Dodds (2007) desarrollan versiones de la bioética feminista que combinan la perspectiva de los cuidados con la teoría de la virtud. Tanto Groenhout como Dodds ponen énfasis en la naturaleza holística de las personas humanas, sus contextos sociales particulares, la centralidad de las respuestas emocionales en el razonamiento ético y la implausibilidad de juzgar las acciones separadas de las narrativas vividas que les confieren significado. Groenhout extrae ejemplos de varios campos, incluidas las nuevas tecnologías reproductivas. Señala que en este caso la adopción de la teoría del cuidado requeriría la consideración de muchos factores más allá de los deseos de pacientes concretos, incluidos los costos y beneficios para todas las personas afectadas por intervenciones médicas concretas, el impacto de dichos servicios en otras necesidades de salud y el riesgo de que la tecnología intensifique la mercantilización de los niños y las niñas y de las funciones corporales de las mujeres que los portan. Scully (2010a) ha analizado los cuidados en el contexto de la discapacidad, centrándose en el trabajo oculto de cuidados que las personas discapacitadas realizan para las personas no discapacitadas, más que en los cuidados que reciben las personas discapacitadas. En los últimos años, varias bioeticistas feministas han trabajado para desentrañar las complejas conexiones entre las nociones morales centrales de cuidado, dependencia, independencia y autonomía. En este sentido, una línea de trabajo particularmente fuerte se centra en la vulnerabilidad como concepto dentro de la bioética (Luna 2006, 2009; Rogers, Mackenzie y Dodds 2012). Un número especial de la IJFAB sobre la vulnerabilidad (volumen 5, número 2, 2012) que aborda una serie de temas, incluyó un debate sobre un enfoque ético global de la vulnerabilidad, el uso de drogas inyectables y la vulnerabilidad particular de las mujeres embarazadas que son objeto de investigación. Una colección reciente coeditada por Catriona Mackenzie, Rogers y Dodds (2014) ha continuado el trabajo sobre este tema.
4.3. Autonomía
Otra corriente importante de la actividad feminista aborda la construcción de una teoría de la autonomía que refleje mejor la realidad que la que se suele propugnar en la bibliografía sobre bioética. En primer lugar, la crítica feminista señala que el modelo tradicional de autonomía es inadecuado: no presta atención a los detalles contextuales de la experiencia personal ni a las situaciones en las que se ejerce la autonomía en la vida real en mayor o menor grado. Como señala Sherwin,
tenemos que alejarnos de la conocida concepción occidental de la autonomía como autodefinición, interés propio y autoprotección, como si el yo fuera simplemente un tipo especial de propiedad que hay que preservar. (Sherwin et al. 1998: 35)
En una forma conexa de descontextualización, algunos bioeticistas y médicos reducen la autonomía al consentimiento informado y restringen su ejercicio en la práctica médica a la elección por parte del paciente de un conjunto limitado de opciones clínicas (Dodds 2000). Esta formulación del principio de respeto a la autonomía ignora las condiciones de fondo que los pacientes aportan a su experiencia médica, las relaciones institucionales de poder y los contextos sociales que influyen en sus opciones, y las prioridades de la investigación médica que las configuran. Ampliando esta crítica, Carolyn Ells adopta el análisis del biopoder de Foucault para argumentar que la elección informada debe entenderse en términos explícitamente relacionales que interpreten las relaciones de poder como difusas en toda la sociedad (2003). Ells argumenta que la concepción estándar de la elección se basa en un modelo falso de las personas, uno que las sitúa fuera de las relaciones de poder. Una vez reconocido esto, se torna evidente la necesidad de entender la autonomía teniendo en cuenta la complejidad de las relaciones de poder.
Esta perspectiva comparte con la teoría del cuidado la convicción de que los agentes humanos no son fundamentalmente personas decididas, racionales, que asumen opciones en interés propio, sino seres sociales cuya identidad se constituye y se mantiene dentro de relaciones y comunidades superpuestas. Al reconocer la complejidad de las conexiones entre las personas, su entorno social, su matriz cultural y su posición política, algunas feministas reclaman ahora la adopción de un modelo relacional de autonomía que ponga énfasis en la red de relaciones interconectadas (y a veces conflictivas) que dan forma a la individualidad. En este caso, la antología clave es Relational Autonomy (2000) de Mackenzie y Soljar, la cual contiene una introducción exhaustiva que caracteriza con más detalle las críticas feministas al modelo estándar de autonomía y las reformulaciones constructivas. La visión más relacional del yo (self) desarrollada por la teoría moral feminista tiene claras implicancias para pensar la autonomía. Si bien se acepta que el principio de respeto a la autonomía ha sido esencial para la protección de la libertad individual, incluida, por supuesto, la de las mujeres, los conceptos dominantes de autonomía, basados en la imagen del yo descrita anteriormente, tienen poca relevancia para las vidas de los grupos marginados para los que las posibilidades de autodeterminación están seriamente limitadas por las estructuras materiales, sociales y políticas. Una concepción relacional de la autonomía sostiene que
las identidades de las/los agentes se forman dentro del contexto de las relaciones sociales y están moldeadas por un complejo de determinantes sociales interseccionados, tales como la raza, la clase, el género y la etnicidad. (Mackenzie y Stoljar 2000: 4)
Las primeras relaciones sociales sientan las bases para el posterior desarrollo de la autodeterminación. En su versión más fuerte, las versiones relacionales sostienen que las actividades que constituyen la autodeterminación son inherentemente sociales; las relaciones, lejos de socavar la autonomía, proporcionan las condiciones de posibilidad para el ejercicio de la autodeterminación y la autorrealización (Donchin 2000: 239; Scully 2008: 161-162).
Otros trabajos de bioética feminista intentan reconfigurar la autonomía para tomar más en cuenta la agencia del/la paciente. Estos planteamientos consideran la autonomía no solo como una propiedad que poseen todas las personas adultas competentes, sino también como una aspiración que requiere desarrollo moral, cooperación social e instituciones de apoyo. Enfatizan la importancia de fomentar el desarrollo de las capacidades de autonomía para equilibrar las disparidades de educación y estatus que distorsionan la comunicación entre personal médico y la/el paciente, entre otras. Una concepción más adecuada visibilizaría cómo es que las normas y presiones sociales influyen en las opciones que se ofrecen a las/los pacientes, y destacaría las obligaciones de las personas profesionales de la salud de apoyar activamente la autonomía y la toma de decisiones de las/los pacientes.
Sin embargo, otras investigadoras han mencionado características que van más allá de las relaciones de poder y que pueden afectar a la autonomía. Además de los entornos sociales opresivos, el trauma (Brison 2001) y la enfermedad (Donchin 2000) pueden perjudicar fácilmente la autonomía, ya que el cuerpo en el que uno ha confiado para llevar a cabo sus planes y proyectos se muestra vulnerable, frágil y desprotegido. La relación entre confianza y autonomía es explorada con más detalle por McLeod (2002), quien ha presentado una concepción de la autoconfianza dentro de un marco teórico feminista, añadiendo así una nueva dimensión a la reformulación de la autonomía personal como relacional. Basándose principalmente en contextos reproductivos, McLeod sostiene que los encuentros con los/las profesionales de la salud pueden socavar la confianza de la mujer en sí misma, amenazando así su autonomía. A la inversa, las/los profesionales pueden respetar la autonomía de la paciente si tienen en cuenta su poder para influir en ella. Sus innovaciones conceptuales se han extendido a otros contextos de la atención de la salud (e.g., Goering 2009).
5. Metodologías feministas
Además de importantes cuestiones sustantivas y la teoría bioética, la bioética feminista también ha hecho contribuciones destacadas a la metodología bioética. La bioética feminista se caracteriza por compartir orientaciones teóricas y políticas que favorecen determinados enfoques metodológicos, entre ellos el centrarse en la experiencia empírica; la atención a los efectos del poder social, político o epistémico; y el compromiso de influir en el cambio social y político.
El feminismo se basa en la afirmación de que la experiencia es generizada: es decir, la experiencia de una persona puede diferir de manera significativa dependiendo de si esa persona es hombre o mujer, y es necesario prestar atención a esa experiencia si no queremos que esas diferencias queden subsumidas en el discurso de quienes tienen más poder. Por lo tanto, existe un sesgo metodológico asociado hacia los métodos que fundamentan la teoría en la experiencia vivida y que conservan una sensibilidad hacia las diferencias moralmente relevantes en la experiencia que pueden resultar del género, pero también de las diferencias de clase, etnicidad, sexualidad, etcétera. Por lo tanto, aunque la bioética feminista no es la única que lo hace, es más probable que se base en datos empíricos o en relatos narrativos y fenomenológicos que la bioética predominante, con el fin de garantizar que tanto la descripción como las afirmaciones normativas estén ancladas en las realidades de los mundos natural, social, político e institucional. En consecuencia, la bioética feminista ha recurrido a menudo a los métodos de las ciencias sociales cualitativas y de la investigación sobre la salud para obtener información empírica importante sobre el encuentro situado con la medicina y la atención de la salud.
El pensamiento feminista también considera seriamente la existencia y los efectos de las relaciones de poder de todo tipo, y no solo las que operan de forma más obvia en el contexto médico. Esto significa que los métodos feministas también tienen el hábito cognitivo de prestar atención a la exposición y el examen de las estructuras y prácticas sociales que son opresivas y desfavorables para las mujeres, para lo cual amplían el examen de dichas relaciones de poder más allá de la práctica clínica e incluso del sistema de atención de la salud, para tener en cuenta los acuerdos económicos sociales y globales que mantienen patrones arraigados de dominación social y política.
Por último, también hay que recordar que la bioética feminista es una disciplina académica que, al igual que otras áreas de la reflexión feminista, se originó en y junto a un movimiento social cuyo objetivo es lograr la justicia y la igualdad globales para las mujeres. Por lo tanto, la bioética feminista pretende ir más allá del diagnóstico y el análisis de un problema, y apunta hacia un futuro de cambio social y político.
Las bioeticistas feministas nunca pueden evitar el preguntarse, ¿cómo funciona esto en las vidas de mujeres y hombres reales, y en los marcos políticos actuales en los que existimos? (Scully 2010b: 136)
6. El horizonte en expansión y el futuro
6.1. Expansión temática
Las bioeticistas feministas siguen aportando nuevas temáticas a la bioética y nuevas perspectivas sobre las ya existentes. Como campo, la bioética debe prestar atención necesariamente a los nuevos dilemas éticos que plantean los avances de la medicina y las tecnologías de las ciencias de la vida, pero también a los acontecimientos sociales y políticos que provocan transformaciones en las prácticas de la atención de la salud. La bioética feminista aporta al debate su particular estilo de análisis. Así, a medida que madura el ámbito de la bioética de la salud pública, también lo hacen las contribuciones de la bioética feminista para identificar, examinar y comprender el papel del género y otras desigualdades en la salud pública (Rogers 2006). O, por poner un ejemplo muy diferente, a medida que la donación de mitocondrias ha surgido como un medio potencial para evitar la transmisión de la enfermedad mitocondrial a las generaciones futuras, las bioéticas feministas han sido capaces de plantear el mismo tipo de cuestiones críticas sobre las fuentes de las mitocondrias, y el potencial de explotación de las mujeres en su obtención, tal como lo han hecho con respecto a la circulación de otras formas de tejido reproductivo (Baylis 2013; Dickenson 2013).
6.2. Alcance mundial
En los últimos años, las activistas feministas han centrado su atención en las necesidades de la salud en las regiones en desarrollo del mundo y en la formulación de políticas de salud internacionales. Varios grupos feministas dedicados a la incidencia han ampliado su alcance para fomentar el reconocimiento de los derechos humanos universales relacionados con la salud. En 2008, un comité de la FAB contribuyó a la revisión de la Declaración de Helsinki, que especifica los estándares internacionales para el ejercicio ético de la investigación médica. Muchas de las enmiendas a la Declaración se originaron en ese comité (Eckenwiler et al. 2008; Goodyear et al. 2008). Las miembras de la FAB también participaron en la formulación de la Declaración de la UNESCO sobre Normas Universales de Bioética (Rawlinson y Donchin 2005). Su labor se complementa con la de organizaciones no gubernamentales de numerosos países en desarrollo.
Entre los avances previsibles en los próximos años se encuentra un mayor alcance mundial de la bioética feminista. Esto es distinto de su (ya sólido) enfoque internacional: una conciencia feminista no solo de la forma en la que las cuestiones bioéticas se diversifican entre países, sino de los sistemas económicos y políticos globales que pueden mantener regímenes de opresión y discriminación localmente específicos (véase, e.g., Nie 2005). Las bioeticistas feministas han realizado importantes contribuciones a la literatura sobre cuestiones globales. La colaboración entre feministas de las regiones más y menos industrializadas del mundo apoyó la publicación de cuatro antologías basadas en ponencias de conferencias internacionales de la FAB (Donchin y Purdy 1999; Tong, Anderson y Santos 2001; Tong, Donchin y Dodds 2004; Scully, Baldwin-Ragaven y Fitzpatrick 2010). Cada una de ellas documenta de distinto modo cómo las prácticas tecnológicas occidentales dominantes traspasan las fronteras geográficas, influyen en las economías en desarrollo y a menudo desvían los escasos recursos de los servicios de salud básicos que podrían reducir la morbilidad y la mortalidad evitables. Especialmente preocupantes son las consecuencias para quienes carecen de poder para alterar las condiciones que controlan sus vidas impuestas desde el exterior. El primer volumen llama la atención sobre el tradicional dualismo mente/cuerpo, mientras que las autoras del segundo volumen buscan trascender las dicotomías habituales que dividen el mundo contemporáneo en economías desarrolladas/en desarrollo y sociedades tecnológicas/no tecnológicas, para abordar un amplio abanico de preocupaciones en la intersección del feminismo y las cuestiones globales. Algunos capítulos se centraron en la tendencia de la ciencia a convertirse en un proyecto colectivo de la comunidad internacional, otros en las tensiones entre prácticas culturales específicas y rasgos de humanidad común que prevalecen sobre las diferencias geográficas y culturales, como el parto, la enfermedad, la discapacidad y la muerte. El volumen de 2004 aprovecha y amplía el discurso de los derechos humanos con relación a las cuestiones de la salud y amplía el debate sobre la ética global. Tiene en cuenta consideraciones que rara vez se abordan en la bibliografía sobre bioética, como los efectos económicos, sociales y políticos del capitalismo globalizado, y prosigue con el debate sobre las tensiones entre imperialismo cultural y relativismo cultural, ampliando así el análisis a las necesidades de las personas marginadas situadas de forma diversa en la economía mundial.
En el volumen de 2010, titulado Feminist Bioethics: At the Center, On the Margins, varias autoras abordaron las diferencias éticamente preocupantes y moralmente irresueltas entre el Norte y el Sur (Baldwin-Ragaven y Scully 2010). Las autoras de este volumen señalaron que la bioética feminista necesita responder a las voces que critican el privilegio de la mujer blanca (principalmente occidental), así como a las académicas norteamericanas negras y latinas que acusaron a las feministas de finales del siglo XX de ignorar sus preocupaciones. Desde sus inicios, la bioética feminista ha destacado su propia pluralidad disciplinaria y geográfica. El sitio web actual de la Red Internacional sobre Enfoques Feministas de Bioética contiene lo siguiente (16 de diciembre, 2015):
La FAB trabaja desde 1992 para crear una comunidad global de investigación, debate y acción en torno a los problemas de la bioética… [y] fomenta el respeto dentro de la bioética por las diferencias entre las personas, al mismo tiempo que examina críticamente los efectos de la opresión y las desventajas.
La voluntad de enfrentarse directamente a las tensiones teóricas, profesionales y políticas que pueden surgir es un ejemplo de la naturaleza crítica y autocrítica de la bioética feminista.
6.3. ¿Pérdida del filo radical?
La ampliación de la percepción moral es un proceso continuo. Como señaló la antología de FAB 2010, la bioética feminista se encuentra en la paradójica posición de que sigue estando en los márgenes de la bioética y, sin embargo, muchas de sus ideas han sido y siguen siendo adoptadas por la corriente predominante. Ejemplos de ello son el llamado giro empírico de la bioética o los recientes llamados de la bioética para que se preste mayor atención a las cuestiones de salud pública. Se trata de un arma de doble filo. Obviamente, las feministas quieren que sus puntos de vista transformen el trabajo bioético que se lleva a cabo en el “centro” y, sin embargo, al hacerlo existe el peligro de que el filo radical y crítico de la crítica feminista pierda fuerza. Algunas académicas consideran que la bioética feminista intenta seguir una trayectoria bidireccional en el futuro, acercándose al centro de la corriente predominante de investigación bioética y manteniendo al mismo tiempo un foro para las activistas y teóricas que trabajan en los márgenes, y es probable que esto siga siendo un punto de tensión dentro del sector (Nelson 2000). No obstante, aunque la incorporación de parte del pensamiento feminista ha difuminado las líneas que separan la bioética predominante de la marginal, y pone en tela de juicio el propio carácter distintivo de la bioética feminista, también queda claro que la asimilación del feminismo por parte de la bioética predominante es muy parcial: si bien puede haber adoptado algunos de los planteamientos teóricos y metodológicos de la bioética feminista, no ha asumido sus objetivos específicos de género y justicia social. El mínimo irreductible sobre el que se asienta la ética feminista es lo que Alison Jaggar definió como el compromiso con las ideas de que “la subordinación de las mujeres es moralmente incorrecta y que la experiencia moral de las mujeres es digna de respeto” (Jaggar 1991: 95). Esto es lo que hace que las contribuciones feministas a la bioética sean inmediatamente reconocibles y poderosas.
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Más información
Primera publicación: lunes 19 de julio de 2004; revisión sustantiva: miércoles 16 de diciembre de 2015.
Publicación actual: otoño 2022.
Traducción: Eloy Neira Riquelme.
Link al SEP: https://plato.stanford.edu/archives/fall2022/entries/feminist-bioethics/